26/8/09

Alta Fidelidad

A riesgo de parecer repetitivo debo hablar de nuevo del asunto de la traducción. Acabo de leer Alta Fidelidad de Nick Hornby. Un libro que es bueno a pesar de su pésima versión al español.
No soporto esta cantidad de españoletadas, que no sólo son desagradables sino que además son, en muchas ocasiones, difíciles de leer.
Me pregunto si sólo se podrán hacer insultos en una jerga particular, en cuyo caso, éstos serán la cosa más difícil de traducir al lado de los poemas, los modismos y los chistes de doble sentido.
Trato de pensar y creo que se puede cambiar "me cago en la leche" por "estoy muy molesto"; puede ser que no sea igual de fuerte la frase, pero al menos todos los que leamos en el idioma de Cervantes vamos a sentir que nos hablan en nuestra lengua. Seguro que para los españoles funcionan estas traducciones, pero por qué tenemos que soportar nosotros, que pagamos también por el libro, ese potaje imtragable que nos quieren hacer digerir los traductores.
Seguro que si salimos con expresiones colombianas en una traducción a nadie del resto de América Latina le gusta.
No ignoro que lo más seguro es que el libro de Hornby está lleno de expresiones inglesas casi intraducibles. Pero aunque sea más difícil encontrar una versión aproximada al castellano que sólo cambiarla por una grosería de las que los españoles se saben tantas, creo que es mejor la primera opción.
Dudo mucho que los ingleses digan algo siquiera parecido a "I shit in the milk".

4 comentarios:

Mónica Palacios dijo...

Casualmente estoy leyendo el mismo libro, pero en la versión original. Es buenísimo y no, en ninguna parte dicen "I shit in the milk". Pero sí estaba pensando que la traducción debe ser complicada porque el lenguaje es bastante informal, pero la verdad es que "estoy muy molesto" no es igual que "me cago en la leche", porque así no habla el personaje, sería, en colombiano, algo parecido a "me emputa".
Pensé precisamente en la traducción por un párrafo en particular, o mejor dicho, por una palabra específica en un párrafo muy bueno, muy gracioso: la palabra es "arse" (culo). La historia viene en que la amiga de la exnovia le dice "you're and arsehole", (que me imagino que habrán traducido como "eres un cabrón" o un "gilipollas") y luego Barry, su empleado, le dice lo mismo, y después agrega "don't be a smartarse" (la traducción sería algo como "no te hagas el sabelotodo").
Voy al párrafo en cuestión, dice: (traducción mía, que no soy traductora) "Algún día, tal vez no en las próximas semanas, pero seguramente en un futuro concebible, alguien será capaz de referirse a mí sin usar la palabra 'culo' en alguna parte de la oración"... Me parece jodidísimo darle sentido al asunto, porque las palabras en español no tienen la palabra culo, ni hay relación alguna entre ellas. Complicado, ¿no? ¿Cómo es la traducción de Anagrama? Está al comienzo del capítulo 8.

Hay una anécdota interesante sobre dos traducciones del mismo libro al español. Se trata de Las cenizas de Ángela, de Frank McCourt, publicado por Norma. La traducción en Colombia la hizo Carlos José Restrepo y no sé quién hizo la de España, pero sí sé que para la segunda impresión del libro en España usaron la versión colombiana porque había quedado mejor. Al menos eso me contó una fuente en la que confío.

Carlos Augusto Jaramillo dijo...

Bueno, aquí va el párrafo en la traducción de Miguel Martínez-Lage:

"Un buen día, y puede que no durante las próximas semanas, pero sí desde luego en el futuro que se puede concebir como algo más o menos inmediato, tal vez haya alguien que sea capaz de referirse a mí sin utilizar la palabra "gilipollas" en una parte u otra de la frase.

Maite dijo...

Siempre me hacen gracia esas ofendidas lamentaciones -frecuentísimas en la red- por el hecho de que traducciones hechas por traductores españoles en España tengan "españoladas".
¿Qué deberían tener, se supone?
Y cuál es la alternativa deseada: ¿un supracastellano pactado y artificial, a modo de esperanto reservado tan sólo a la traducción de literatura?
Yo, española, llevo toda la vida leyendo a escritores de otros países de habla castellana que no son España con fruición y provecho.
Y pasé toda la infancia y la juventud leyendo traducciones publicadas por Losaday hechas en Argentina. Porque a la sazón en España había censura y había libros que sí se traducían en Argentina, y no en España.
Cosa que no sólo nunca me ha molestado sino que creo que ha sido excelente para mi salud, mi formación y mi cultura.
¿Tendré una epidermis intelectual poco sensible?
Si. por los motivos que fueren, no existe una industria editorial autóctona que traduzca in situ en otros países de lengua castellana y, en consecuencia, se importan las traducciones hechas en España y si ello pudiere ser motivo de incomodidad para algunos, ¿por qué tienen que ser los tradutores el blanco de la ira -en el discutible supuesto de que haya motivo de ira-? Reclámese lo que deba reclamarse a las estructuras políticas y económicas nacionales, cada cual a las suyas. Y que cada palo que aguante su vela.

Tomás D. Rubio dijo...

Para mí el problema, Maite, es más que un simple capricho de lector: No es que el uso de "españoladas" sea una lamentación más: estamos diciendo que simplemente es uno de los factores para considerar que la traducción es mala. Por ejemplo, leyendo uno las traducciones del alemán de Miguel Sáenz o del francés de Consuelo Berges, no encuentra uno ese problema. Pero sí me ha pasado con traducciones del inglés de libros de Nabokov y de Carver: las gilipollleces "se lo tiran" (que en Colombia significa: estropear, dañar).
Naturalmente, la solución no es el esperanto-castellano, pero sí creo que puedo mostrar ejemplos de buenas y malas traducciones no hechas en España (ni en Argentina, que por cierto ha tenido semejantes problemas por sus gauchadas lunfardas), sino aquí, en Colombia -para aclarar de una vez que los lamentos no son amañados:

La traducción de Marca de agua, de Joseph Brodsky, por parte de Hernando Valencia Goelkel (colombiano); superior a la hecha en Siruela por Menchu Gutiérrez.

La traducción de la Perorata del apestado, de Gesualdo Bufalino, por parte de Yolanda González en Editorial Norma, ínfima ante el trabajo de Joaquín Jordá, para Anagrama.

En fin, la traducción, como cualquier otro oficio, puede considerarse mediocre o admirable, y es el traductor el primer responsable para este juicio.

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