
Libro del desasosiego. Fernando Pessoa, Acantilado.
Breve historia de Inglaterra. Gilbert Keith Chesterton, Acantilado.
"En realidad, Homero no escribió la Ilíada; la escribió un contemporáneo suyo llamado también Homero, y de ahí la confusión.”

El novelista y poeta italiano Gesualdo Bufalino, uno de los escritores más destacados de los últimos 25 años, falleció ayer en un accidente de tráfico ocurrido en una carretera estatal de la isla de Sicilia.
El accidente sucedió en la carretera que une las localidades de Vittoria y Comiso, de la provincia meridional siciliana de Ragusa.
Bufalino murió en el hospital de Comiso, su ciudad natal, donde fue ingresado con un trauma craneal después de que el automóvil en que viajaba chocó, por causas que por el momento se desconocen, con otro coche que transitaba en el sentido contrario.
El escritor italiano transitaba con su chofer, de 60 años y con una acompañante de 40 años.
Gesualdo Bufalino nació en 1920 en Comiso (isla de Sicilia). Desde pequeño, su padre le inclinó a la lectura y a los once años escribió su primer soneto.
Cuando tenía 16 años descubrió al poeta francés Charles Baudelaire, a partir de una traducción en prosa italiana.
Más tarde tradujo Las Contrerimes de Toulet, que bastantes años después reformó y se publicó en 1983.
Dedicado sobre todo a la poesía, en 1971 escribió su primera novela, Peroata del apestado [sic], basada en experiencias personales, donde se reflejó su amplio conocimiento de la cultura francesa.
En efecto, por esta novela recibió diez años más tarde, cuando fue publicada, el premio Campiello, el galardón literario más prestigioso de Italia.
La publicación de su primera novela se produjo casi por casualidad. Un pequeño editor de Palermo descubrió que había escrito el prólogo de un libro de fotografías locales.
El editor intuyó que debía tener otras cosas escritas y consiguió convencerlo de que las publicara.
A la Perorata del apestado le siguió El hombre invadido y Argos el ciego, en 1987 y Las mentiras de la noche, 1988. Con esta última novela consiguió el prestigioso premio italiano Strega.
Sin embargo, a pesar del éxito, Gesualdo Bufalino, decidió por timidez, obstinación o cualquier otra causa, no publicar nada más hasta su muerte.
Según palabras del propio autor, "frente a la dulzura de escribir, el publicar se convierte para mí en una angustia".
Otras de sus obras más conocidas son: Museo de sombras, El hombre, Qui pro quo (todas como narrativas); La miel amarga, de poesía; Dizionario del pernosaggio di romanzo y Cereperse, en ensayo.
Bufalino se definía como lector, después espectador cinematográfico y luego como escritor. También se dedicó a la enseñanza y fue director del instituto de su localidad hasta que se jubiló a los sesenta años.
Con su muerte, se va una de las plumas más destacadas de la actual narrativa italiana.


Thomas Bernhard y su abuelo Johannes Freumbichler. Confirmación en julio de 1943.
«Siempre quise mucho a mi abuela», cuenta Bernhard en sus conversaciones con Krista Fleischmann, «Cuando [ella] se quemaba con la placa de la cocina, yo me reía como un loco, y cuando eso no ocurría durante semanas, durante semanas nadie se reía en casa. […] me metía en el cuarto de las escobas – y en el momento en que sabía que pasaba mi abuela, sacaba la mano, y ella se caía al suelo dando un grito horrible, casi con un ataque, porque yo la había asustado, de niño, porque me aburría.»
El italiano, es un cuento inacabado, prácticamente olvidado por Bernhard, que en el verano de 1970, motivado por la propuesta del director Ferry Radax de filmar una “serie de frases sobre mí mismo” pronuncia lo que se conoce como Tres días: tres días donde Bernhard se sienta en un banco de Hamburgo a hablar “sin preocuparse de por qué decía lo que decía”; unas 12 páginas en la edición de Alianza Editorial (que incluye además: el relato no terminado, el guión de la película y una nota de Bernhard a éste), unos 56 minutos de grabación. Terminado el “experimento”, Bernhard, contento con el resultado, le propone a Radax que escribirá para él un guión basado en un relato olvidado: Der Italiener.
Escenas de la película Der Italiener (Fotografías, aparecidas en El italiano, Alianza, 2001, de Heindrun Hubert)
Esto para decir que Tres días es el texto más curioso que he leído de Bernhard: un escritor que se jactaba de no tener un modelo, de no considerarse un escritor, un intelectual, de no recordar o citar a ningún autor; salvo unas alusiones a Montaigne, Voltaire, Pascal…, Bernhard no habla de nadie con afecto, no considera a ningún escritor como su maestro. Aquí lo curioso: en seis líneas menciona a Musil, Pavese, Pound, Lermontov, Dostoievski, Turgueniev, Henry James: a todos se ha entregado sin reservas: «es un hecho que precisamente los autores que son para mí los más importantes son mis mayores adversarios o enemigos.»
Pero vuelvo con Anna Bernhard, la razón para hablar de Tres días. Allí se lee:
«Mi abuela, que me llevaba siempre además –por las mañanas atravesaba yo el cementerio, por la tarde me llevaba ella al depósito de cadáveres-, me levantaba en alto y me decía: “Mira, otra vez una mujer”. Nada más que muertos… Y eso tiene cierta importancia para cualquiera, y de eso se pueden sacar conclusiones sobre todas las cosas… »
¿Una abuela que lleva a su nieto a ver muertos?, sí, parece que sí; entonces lo del cuarto de las escobas parecería una dulce venganza. La historia, esta vez realmente perturbadora, se vuelve a leer en El origen:
«Siempre me había gustado ir a los cementerios, eso me venía de mi abuela por parte de madre, que había sido una apasionada visitadora de cementerios y, sobre todo, de depósitos de cadáveres y capillas ardientes, y que, muy a menudo, ya de pequeño, me llevaba con ella a los cementerios para enseñarme los muertos, los que fueran, sin parentesco alguno con ella, pero sin embargo expuestos siempre en los cementerios, siempre la fascinaron los muertos, los muertos expuestos, y siempre intentó transmitirme esa fascinación que era una pasión, sin embargo, al levantar a mi persona hacia los muertos expuestos sólo me había aterrorizado siempre, todavía hoy veo con mucha frecuencia cómo me llevaba a los depósitos de cadáveres y me levantaba hacia los muertos expuestos y cómo me sostenía en alto tanto tiempo como podía aguantar, una y otra vez sus lo ves, lo ves, lo ves, y cómo me sostenía hasta que yo lloraba, y entonces me dejaba en el suelo y miraba ella todavía largo rato los muertos expuestos, antes de que saliéramos otra vez del lugar de las capillas ardientes. […] mi abuela, que no me enseñó más que a visitar cementerios y a contemplar y observar intensamente los muertos expuestos.»
Años después (1981), en Mallorca, Thomas Bernhard le confiesa a la periodista Krista Fleischmann que le gustaría ir con ella a un cementerio de Palma, esconderse tras una losa…
«Me gusta mucho ir a los cementerios de Viena, muy cerca de mí al cementerio de Döbling o en Neustift am Walde al cementerio, y me alegro ya pensando en las inscripciones que conozco de antes, en los nombres.» (Tres días)
« […] a menudo me sentaba en una lápida caída para, apartado por una o dos horas, poder tranquilizarme.» (El origen)
Bernhard y su abuela, los cementerios, su aterradora enseñanza: y esta frase que lo revela todo: «Ésa es la gran ventaja, saber que uno es su propio cadáver.»

-Thomas, ¿lo ves, lo ves?, ¿lo ves?, ¿por qué lloras?
Y un niño, maldita sea, que hubiera dado lo que fuera por ser invisible.

El ánimo de estas breves palabras no es revelar o resumir, alabar o execrar, sólo buscan advertir. Quisiera advertir a todo posible lector que El hombre que fue Jueves, no es, a mi criterio, una buena novela para iniciarse en la feliz y exquisita prosa de Chesterton.
No afirmo que la novela sea mala, pero sí sostengo que el final está un poco descuidado, inacabado. Los primeros capítulos siembran la expectativa de un emocionante final; expectativa que es con creces defraudada. En otras palabras: el principio del libro no es digno del final. Un final ambiguo –si es que acaso quiere decir algo-, falto de la emoción, el ingenio y el humor que deleita al lector durante la mayor parte del libro.
Mis juicios pueden parecer bastante irresponsables. Dudé expresarlos. ¿Quién es este torpe lector para criticar a uno de los hombres más memorables de toda la literatura?
Revisé dos biografías de Chesterton accesibles a través de Internet tratando de confirmar mis sospechas; una de Patrick Braybrooke (Gilbert Keith Chesterton. Martin Secker, 1915), la otra de Julius West (G. K. Chesterton. A critical study. The Chelsea Publishing Company, 1922). Al leer varios fragmentos, creo, acerté. A modo de ejemplo, uno:
“El problema de “El hombre que fue Jueves” no es su difícil comprensión, sino la gradual decadencia de interés del autor en el libro acaso porque éste se alargó.”(…) “Comienza excelentemente, pero el final del libro es sólo un torbellino salvaje, una pesadilla con un toque de cinematógrafo.”
(G. K. Chesterton. A critical study. The Chelsea Publishing Company, 1922. Page 35)
Alabar o execrar una obra por su final es una injusticia, lo mismo que alabarla o execrarla por su principio o por uno o dos de sus pasajes. Aún así sostengo que el lector que por primera vez se acerque a Chesterton puede llevarse una mala impresión si comienza por El hombre que fue jueves. En mi caso, si hubiera leído El hombre que fue Jueves antes de leer cualquier otra obra de Chesterton, dudo mucho que mi interés por este autor hubiera continuado.
Termino por creer que El hombre que fue Jueves es una novela que posee ciertas virtudes, muchas virtudes, pero que la posteridad, los futuros lectores de Chesterton, verán como una ingeniosa, compleja, cansada curiosidad.


