9/11/10

Una biblioteca.


Bibliotecario. Arcinboldo.

La biblioteca de mi Facultad, la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Caldas, no es nada sobresaliente. Consta de dos pisos y una muy, muy modesta colección de libros. Éstos descansan en un piso subterráneo, sobre estantes de metal viejos y oxidados. En días grises uno siente que se encuentra no en una biblioteca sino en una especie de mazmorra medieval. Acaso la colección no sea tan exigua, pero un hecho capital impide comprobarlo: no se puede tener acceso a las estanterías. Es necesario buscar el título que se quiere en el sistema y anotar la referencia en un papel para que un empleado le entregue a uno el libro en cuestión. Quizá esta imposibilidad de tener contacto directo con los libros sea el defecto más terrible. Muchos son condenados al reciclaje o al olvido porque no pueden encontrar "ese hombre destinado a sus símbolos", su lector. La idea que debería regir toda biblioteca debiera ser la de acercar un grupo de potenciales lectores con los libros. Pero para pesar de todos en la biblioteca de mi facultad no es así.

También es una lástima que no exista un bibliotecario. Y con bibliotecario no pienso en un pasivo guardián o en un mero catalogador. Puede que estos oficios estén, en sí mismos, llenos de cierta poesía —pensemos, por ejemplo, en los valerosos bibliotecarios del pasado que tenían que proteger los tomos del fuego, de la lluvia, de las alimañas, de las guerras... o en el bibliotecario como un modesto organizador del universo, como un adalid del orden pero se necesita algo más en esa oscura sala.

A pesar de la estrechez, el deficiente servicio, el ruido—tolerado por el bibliotecario—, la imposibilidad de escrutar la colección debo a esa biblioteca lecturas inolvidables. Puedo recordar ahora los libros de Bertrand Russell, primeras ediciones, inglesas, de los señores Allen & Unwin. Si se supiera que esos libros están ahí probablemente ya hubieran desaparecido (como desaparecieron las Obras Completas, en Aguilar, del mismo Russell ). Pero para mi suerte mucha gente piensa en Russell como un viejito revoltoso y pacifista; no como el pensador agudo y exquisito que es. Está, verbigracia, su libro Portraits from memory and other essays, Retratos de memoria y otros ensayos. En él hay recuerdos de su juventud (en la casa de sus abuelos, en Cambridge), de sus encuentros con los escritores de su época (H.G. Wells, Joseph Conrad, D.H. Lawrence y Bernard Shaw) y algunos ensayos sobre temas que durante toda su vida le apasionaron. Russell logra involucrarnos con esos temas, hace que nos interesemos en ellos. Es un provocador del pensamiento propio, de la lectura, de la auto-educación.

También recuerdo haber encontrado en esa biblioteca Los ensayos de Michel de Montaigne o como quiso Quevedo, Miguel de la Montaña . Mucho tiempo después pude conseguir para mí Los ensayos, pero donde los leí por primera vez fue en esa biblioteca, en una de sus sillas malogradas. Es difícil describir qué significa para uno como lector aventurarse en las páginas de Montaigne pues como toda gran obra su lectura está llena de matices, llena de posibles interpretaciones; produce los más diversos y contradictorios pensamientos. La mejor forma de describir la lectura de un libro como el de Montaigne tal vez sea sirviéndome de las palabras del sabio Escoto Erígena: la lectura de Montaigne es como mirar al plumaje tornasolado del pavo real. Nadie supo como él que si para algo leemos es para ver mejor, para comprender mejor; a los demás, al mundo y a nosotros mismos.

Otra cosa que disfruto de la biblioteca es mirar la ficha bibliográfica de los libros que presto, ese papel donde todos los anteriores lectores han puesto su firma. Uno no puede evitar sentir cierta sensación de complicidad con esos nombres. A veces resulta que los conozco. En ese caso, trato de preguntarles por el libro; si les gustó, si lo leyeron. Hay ocasiones en que la ficha está vacía por completo. Esto me alegra sé que voy a ser el primer lector de ese tomo, sé que gracias a mí ese libro va existir de nuevo, y, al mismo tiempo, me entristece es una lástima que en muchos años nadie lo haya consultado.

Roberto Bolaño decía que cada lector tiene la librería que se merece, salvo él que no tiene ninguna. Lo mismo se puede decir de mi biblioteca, la Biblioteca de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Caldas. Los estudiantes nos merecemos que sea tal cual es; cada uno de sus defectos. Sin embargo, me alegra saber que está ahí, como enterrada, esperando que algún estudiante despierte los tomos que duermen en ella. A un año de graduarme, me preocupa que ya nunca pueda prestarme sus libros.

3 comentarios:

Gatohombre en Paris dijo...

Deja de hablar pendejadas y describime pues la casa de la tia Wernardita.

Gatohombre en Paris dijo...

Hablando de "despertar los libros", le cuento que una vez intenté leer allà, en esa hermosa prision médiévale, y una vieja -una chica pues- estaba gritando, contando historias a sus amigas. Hablo tan fuerte que me vi forzao a ime, a partir, a volarme de esa pequeña e intima picota literaria... y juridica. Y "vuelvo y me revuelvo" como diria Rodrigo Vieira y como lo hace Elvis en su tumba cada vez que una rocola deja en agonia una fiesta, y si, y vuelvo y me revuelvo sin comillas, para preguntarle si las voces de todas esas viejas chismosas que estudian alla no han despertado tus libritos, manada de loca.
Me gusto el escrito. En serio. Un abrazo.

Tomás D. Rubio dijo...

http://teachingliteracy.tumblr.com/post/1602984454/therovinghome-found-object-old-library-card