17/8/10

Feria del Libro.

El fin de semana pasado fui a la 23ª Feria Internacional del Libro de Bogotá y ya varios conocidos me han preguntado si vale la pena asistir. La respuesta, por supuesto, depende de los intereses de cada quien. Por un lado, si uno va por los escritores invitados se va encontrar c0n los de siempre: Jorge Franco, Santiago Gamboa, Mario Mendoza (el trío Planeta), Germán Castro (que ahora lanza su quincuagésimo segundo libro) y el infaltable grupo de ex-secuestrados. Gilles Lipovetsky y Catherine Millet, los invitados “estrella”, son, lastimosamente, poco conocidos. Por otro, según me cuentan, la “Muestra Internacional del Libro Digital”, es pobre y poco llamativa. Así pues, este año, me parece, la Feria no se justifica (afortunadamente) por sus invitados —salvo quizá por el editor de Acantilado, Jaume Vallcorba— ni por su gran "Muestra Internacional".

Para mí la Feria del Libro se justifica por dos razones: primero, para encontrarme con las editoriales y los libros que sé no van a llegar a Libélula; segundo, y lo digo sin pena, por las promociones. En resumen, para mí la Feria, repito, se justifica por lo que debería justificarse: por los buenos libros que podemos encontrar allí. Los invitados, las conferencias, los conciertos, las exposiciones artísticas, son, digamos, un complemento. Pero cuando estas cosas pasan a ser la razón principal de la Feria, algo anda mal. Son los libros y no otra cosa lo que debería engrandecerla. Por eso creo que esta fue una buena Feria: fueron muchos los buenos libros que pude conseguir. Voy a mencionar algunos:


El vagabundo inmóvil. El árbol y el camino. Michel Tournier.

Descubrí a Tournier este año, por recomendación de Tomás y el doctor Calle, leyendo El espejo de las ideas, libro publicado en Acantilado, que ya está dentro de mis favoritos. Estos dos libros de Tournier, en Alfaguara, ambos de "prosas breves", son dos joyas que difícilmente se encuentran en las librerías. Transcribo esta cita de El árbol y el camino que el doctor Calle a veces repite: "Esas manchas marrones sobre las páginas de los libros antiguos, quizá ya no sean sino la huella de las partículas de saliva de aquellos lectores que leían esos libros en voz alta. Huellas de lo oral sobre lo escrito". (Pág. 217)


Diarios (1925 - 1930). Diario Íntimo III (1932 - 1941). Virginia Woolf.

A finales de los años 80, Anne Olivier Bell, esposa de Quentin Bell, preparó la edición de los Diarios de Virginia Woolf. En español, los Diarios fueron publicados en la desaparecida colección El espejo de tinta, en tres tomos, el primero traducido por Justo Navarro y los restantes por Laura Freixas, fundadora de la colección. Los tres tomos son ahora difíciles de encontrar y, por suerte, en la Feria, hallé el tercero, que cubre los años 1932 - 1941. Además de éste dí con la no menos buena edición de Siruela, que comprende los años 1925 - 1930, el período más fértil (creativamente) de la autora. En la página 23 de la edición de Siruela me encuentro con esta frase: "En este momento sólo puedo anotar que el pasado es hermoso, porque uno nunca comprende una emoción en su momento. Se expande más tarde, y por tanto no tenemos emociones completas respecto al presente, sólo respecto al pasado (...) Ésa es la razón por la que reflexionamos sobre el pasado, creo".


Dos damas muy serias. Jane Bowles.

En mayo de 1981, una naciente editorial barcelonesa, hasta ese momento concentrada en publicar ensayos y "textos políticos en el ámbito de la izquierda heterodoxa", tras sufrir una pequeña crisis económica "como consecuencia del 'desencanto' y el subsiguiente desinterés por el ensayo", decide publicar Dos damas muy serias, dando inicio así a la colección Panorama de narrativas, uno de los fenómenos editoriales más sobresalientes de la actualidad. Con esta obra se inaugura una de las colecciones más influyentes en el mundo editorial hispanoamericano, que ha formado, paralelamente, toda una nueva generación de autores y lectores. La fiebre amarilla -como alguna vez se le llamó a la popular serie-, inició, nada más y nada menos, que con esta novela de Jane Bowles. El libro aparte de ser una rareza es una de las obras más originales de la literatura norteamericana (en palabras de Capote, quien prologa el libro). Lo confieso: no puede resistirme al morboso placer de tener el primer libro de Anagrama. Y lo mejor: a precio de huevo.


Si quien me pregunta, ¿vale la pena ir a la Feria?, está interesado en libros escasos, descatalogados, a buen precio o de editoriales independientes con poca distribución, le respondería sin vacilar: vale la pena.


7 comentarios:

Jose F dijo...

Se trata, Christian, de una verdadera exploración, y cómo estorba tanto libro prescindible; al modo de Diógenes: "cuántos libros que no necesito", ni quiero.
Tournier es una verdadera maravilla, y tal vez su mejor libro sea: El árbol y el camino: los textos sobre el autorretrato desnudo de Durero enfermo son estremecedores.
De Tournier hube allá: Lecturas de juventud (Editorial Nortesur). Sus respuestas al Cuestionario Proust, al final del bellísimo volumen, no pueden perderse.
También de Nortesur: Shakespeare, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, poco más de cien págnas de la lección dedicada por un príncipe a otro.
Y otros dos: Historias falsas, de Gonçalo M. Tabares (Almadía. http://www.youtube.com/watch?v=FNNP4k_zcGg); y, en Trama editorial: Jérôme Lindon, mi editor, de Jean Echenoz: de quien persigo cuanto papel suscribe; sus novelas (en Panorama de narrativas de Anagrama) siempre proporcionan dicha.
Y a propósito de Panorma... ¡qué bueno que consiguieras las Dos damas... de Jane Bowles!: ahí principió mi devoción por la sra. Bowles, y por esa colección amarilla.

Libélula libros dijo...

Ni Julien Gracq -de quien conseguí un libro-, ni Nortesur, ni Tournier, ni siquiera el hecho de que hubiera empacado dos cajas de libros y los hubiera tenido que enviar por correo -dado su peso-, me permiten suponer que la Feria del Libro es siquiera medianamente decente. Es una verguenza, un remedo de exhibición de libros francamente provinciano y pobre.

Christian, todo lo que vio se consigue durante todos los días del año en ciertas bodegas de Bogotá, incluso muchos de sus adorados hallazgos los puede encontrar en cualquier local de Panamericana. Y las editoriales que no llegan a las librerías, son apenas unos intermediarios temerosos de mejores negocios que reducen su distribución a las librerías de Bogotá.

Así que si la Feria existe apenas para reunir en un solo sitio los libros que pueden llegar a interesar a quienes viajan de provincia, francamente es prescindible.

Y ni se diga de la adoración que en esta oportunidad quisieron rendirle a los artilugios tecnológicos. Aparte de pobre e inutil vergonzante.

Christian C. Londoño dijo...

Doctor Calle,

Sí, las páginas que dedica Tournier a Durero son tremendas, y muy curiosa resulta la anécdota de la "consulta a distancia" que hace el pintor a su médico. Y ni qué decir de esta parte (Pág. 102):

"A menudo oímos decir que el mapa de la tierra ya no incluye ninguna parte inocente o blanca, que nuestro planeta ya está completamente descubierto, explorado, registrado y hasta empadronado, y que todo esto es muy triste porque el descubrimiento y la aventura se han convertido en algo imposible ya. Suelo escuchar estos discursos con una oreja distraída, pues con la otra escucho los rumores que me llegan desde mi jardín y de mi pueblo, tan poco conocidos el uno como el otro, y tan mal explorados, registrados y empadronados que toda una vida no será suficiente para hacerlo."

Habría que agregar que tampoco toda una vida nos alcanza para responder a esa pregunta, que Durero se hacía en los últimos años de su vida, mientras contemplaba sus autorretratos: "¿quién soy yo?"

Jose F dijo...

Christian: la respuesta a la tremenda cuestión que pones a lo último ya la reveló, el 21 de agosto, Ángela Cuartas en su magnífico: Diccionario de obviedades, con el apoyo del de la RAE:

yo

(Del lat. eo, de ego).

3. m. Fil. El sujeto humano en cuanto persona. El yo. Mi yo.



Es decir: yo soy yo, sin mi circunstancia (Ortega va de retro), y sin más boberías.

Martín Franco dijo...

Perdonarán, pero quisiera meter la cucharada en el debate. Confieso que, al menos en este caso, me inclino más por el argumento de Pablo que por el de Christian. No fui a la feria del libro este año entre otras razones porque, como habrán visto, el evento tiene una alta tendencia a la repetición: los mismos stands en idéntico sitio, el gentío insoportable y eventos más bien pobres. Hace unos días escribí algo al respecto pero después, cuando vi la columna de Juan David Correa en el Espectador, pensé que quizás había sido muy duro; después de todo, puede que no hubiera mirado bien las bondades de la feria: el espacio para pequeñas editoriales, las “joyas” de las que habla don Christian, los buenos descuentos. Pero, al final, creo que no es suficiente: como dice Pablo, los libros pueden conseguirse en cualquier bodega o en una buena librería y, lo mejor, sin la cantidad desmedida de gente que va más por hacer la tarea que otra cosa. Esta mañana vi en el periódico que volverán a pasar la feria al primer semestre del año. Así de mal les habrá ido. Lo cierto es que para futuras ediciones van a tener que inventarse algo para evitar que la del libro se convierta en una feria como, digamos, la del hogar. Que es lo que está sucediendo.

Christian C. Londoño dijo...

Chesterton se pregunta en uno de sus libros qué está mal en el mundo. Concluye que lo que está mal es que nunca pensamos en lo que está bien. (La idea es ilusioriamente sencilla)

Pablo y Martín han descrito, irrefutablemente, lo que está mal; yo intenté fijarme en lo que está bien: está bien que haya editoriales de poca circulación, está bien que haya promociones, está bien que haya libros raros y viejos, está bien que sea un sitio donde provincianos como yo vean los libros que nunca llegan a sus librerías. De eso estoy seguro.

Tal vez la Feria, como ustedes insinúan, necesita de muchas otras cosas; yo sólo quise señalar las que ya tiene y no debe perder.

La única excusa que puedo esgrimir para mi ingenuo entusiasmo es que esta, señores, es la primera Feria a la que asisto. Seguro después de la próxima pueda entender mejor sus puntos.

Gracias a ambos por comentar.

Carlos Augusto Jaramillo dijo...

Que es esto por dios!!!
Cuál provinciano? Christian? Y es que no conoces el internet o qué, o es que nunca has salido de Manizales. Que mal argumento, creo que son muy pocos los que hoy en día se pueden dar el lujo de decir que son provincianos (sí, el lujo). Creo, que, en efecto, la mayoría de los títulos se pueden conseguir sin tener que ir a una feria del libro, lo que deja los remates como plus, pero de ahí en adelante, no hay diferencia entre Panamaricana y la feria del libro que es más o menos lo mismo. Los libros no son televisores, aunque los vendan también en el Exito. Si una feria del libro no es una feria cultural, no tiene sentido, no se trata solo de vender. Sin embargo deberíamos rescatar el encuentro sobre libro digital, muy bueno, con grandes invitados; y el encuentro sobre derechos de autor. Aunque... si finalmente había que pagar por aparte para ir a esto, no es que sea del todo parte de la Feria del Libro. Así que digamos que habría que darle más la razón a Pablo y a Martín que a Christian.