
Durante la batalla de Sarajevo, luego de que un soldado campesino arriesgara su vida por salvar a un compañero, que resultó siendo nada más y nada menos que su “majestad apostólica real e imperial” Francisco José I, éste, el soldado Joseph Trotta, nacido en la humilde Eslovenia, es nombrado noble y capitán del ejército, no sin antes recibir la Orden de María Teresa, el máximo honor en la milicia. Así comienza el noble linaje de los Trotta; con el honor y la custodia de un imperio. El capitán tiene un hijo, y éste a su vez el suyo. La marcha Radetzky es la historia de cómo este último descendiente y el imperio desaparecen. Antes, el retrato del emperador colgaba orgulloso en las casas y en los negocios; ahora cuelga bajo las luces de los burdeles y en el corredor de atrás de las tabernas. Antes, la idea de conservar el orden invitaba a los jóvenes a preparar la guerra; ahora la idea del progreso y de “la humanidad” hacen temerla y evitarla a toda costa. Antes, si uno se enfermaba, lo consecuente era esperar con resignación la muerte; ahora los hombres dicen sufrir por el amor de una mujer casada y beben para olvidar la pena. Antes, existía un gran imperio; ahora no queda nada.
¿Qué es la patria, ahora, entonces? ¿Qué puede levantar el ánimo de los pueblos y unificarlos de nuevo bajo el mando majestuoso de los Habsburgo? Encontrar estas respuestas aniquiló a Roth, el judío que se creía cristiano. Lo llevó a planear conspiraciones ridículas, a dedicar demasiado tiempo al intento por desarrollarlas. Se entregó a Dios, que, no sabiendo si Roth era judío, católico o simplemente una mezcla lamentable de los dos, lo consoló con el olvido que presta por un rato el alcohol:
"«¿Por qué es santo el bebedor?», le pregunté. «Por los mismos motivos que yo -me contestó con expresión seria-. Porque el buen Dios le concedió la misma gracia que a mí. Presta a mi bebedor, un vagabundo, doscientos francos, que él tendría que devolver a santa Teresa de Lisieux, por medio del sacerdote de la capilla de Santa María de Batignolles. Naturalmente, el vagabundo se bebió la donación, pero el buen Dios siguió haciéndole llegar dinero por caminos diferentes, como ha alimentado siempre mi talento poético cuando la llama interior amenazaba con extinguirse»." El santo bebedor. Recuerdos de Joseph Roth, p 16.
...
La gran mayoría de la obra de Roth está traducida al español: “El busto del Emperador”, apareció en 2008 en Acantilado, con traducción de Isabel García Adánez; La marcha Radetzky se reeditó en 2008, en Edhasa, con la traducción de Arturo Quintana. Lo de von Cziffra, El santo bebedor. Recuerdos de Joseph Roth, lo editó también Acantilado, con traducción de Nieves Trabanco.










