19/4/11

Los emigrados. W. G. Sebald. Traductora Teresa Ruiz Rosas. Editorial Anagrama.

En La ciudad de las palabras Alberto Manguel cuenta la historia de una amiga de Milena, la Milena de Kafka, que, para intentar sobrevivir al campo de concentración, recordaba una y otra vez los libros que había leído y en especial un cuento de Gorki, “Ha nacido un hombre”, una historia aterradora que termina con una escena llena de esperanza. Sebald, me parece, busca lo mismo: encontrar en la memoria algo que permita sobrevivir y afrontar lo que viene, que ya, pasados los años, importa menos que el rescate de los momentos vividos, que reencontrar lo que hubo de tranquilidad en ellos. “Queda el recuerdo, no lo destruyáis”, así empieza Los emigrados, y la idea de Sebald, de que la memoria es el sostén moral de la literatura, que la memoria define y da forma a la vida de uno, está más que correspondida.

Porque es inevitable o al menos humano voltear la cabeza hacia atrás y preguntarse qué pasó, quién era esta persona, por qué después de tanto tiempo todavía pienso en ella, desde cuándo está metida en mis pensamientos, en fin, qué pasó con su vida. Ahí está la maravilla de Sebald, evitar en sus novelas ese poema suyo: Sin contar/ queda la historia/ de las caras/ vueltas hacia otro lado.

Los emigrados es caminar aparentemente sin dirección y encontrar que de esta u otra manera –un recorte de periódico, un diario antiguo, una noticia llegada al azar- es posible encontrar las caras, salvar las historias y ser el único hombre sobre la tierra que llegue a interesarse en recogerlas. Sebald es ése, es el último hombre, aquel al que no le importa el futuro, ese hombre insomne que considera que “el tiempo es una escala muy insegura, es más, no es otra cosa que el rumoreo del alma”, y la literatura debe encargarse de descifrarlo.

Hace unos días encontré la definición perfecta de Sebald, en la página 60 de los Pensamientos de un viejo de Fernando González: “Y el último hombre será todo recuerdos; en él se encarnará todo el pasado… ¿Cómo obrar? Se lo impiden las cadenas que lo atan a muchos sepulcros… ¡El último hombre sólo amará los amores muertos…!”

2 comentarios:

Jose F dijo...

Teresa Ruiz Rosas tradujo en la primera edición de Los emigrados: Debate 1996:

"Lo que se había construido para frenar el proceso generalizado de estropicio, estaba, a su vez, en peligro de desmoronarse..." (página 183).

Mucho mejor, me parece, después de la revisión de Sergio Pawlowsky Glahn (Debate 2002):

"Lo que habían construido para contener el proceso de decadencia general ya estaba a su vez amenazado de ruina..." (página 216)

Confío en que la edición de Anagrama tenga esa revisión: dicha cláusula, según la enmienda de Pawlowsky, puede ser la cifra de Sebald.

Tomás D. Rubio dijo...

Sí la tiene y se anota al comienzo. El pasaje que usted copia aparece en la página 202. La edición de Anagrama es de 2006.