8/6/09

Cartas a Théo


Escribe Schwob que las obras de los grandes hombres son patrimonio común de la humanidad y, al final, lo único que cada uno de ellos poseyó realmente fueron sus rarezas. La obra visible de Van Gogh, la que ahora pertenece no a un hombre sino a todos los hombres, fueron sus hermosas pinturas: girasoles, campos de trigo, retratos de hombres y mujeres del campo, reproducciones de Hiroshige, etc. Nombrarlas es agotarse, alguna vez, elaboró casi setenta óleos, en setenta días. ¿Cuál fue, entonces, eso que realmente poseyó? En mi opinión son sus Cartas, depositarias precisas de sus rarezas.

Describir aquellas “peculiaridades” que son ampliamente conocidas por el público es describir el mito y olvidar al hombre. Su locura, su oreja, su suicidio son tópicos que la historia ha masticado (y distorsionado) suficientemente. Menos conocido resulta que dentro de sus pocas ambiciones contamos la de pintar una mujer utilizando un “gris lodo”: quería demostrar que sólo cuando el pintor no siente la necesidad de fidelidad puede ser creador. La pintura no es fotografía, tampoco reproducción; Van Gogh la define como el arte “del alma humana colocada en las piedras”. El cuadro, agrega, es el lugar donde debe morar el espíritu del artista, su hábitat.

Justificó la costumbre de descuidar su aseo, argumentando que ésta es una buena manera de asegurarse la soledad necesaria que todo hombre necesita si quiere profundizar en tal o cual estudio.

Afirmó que un pintor debe pintar como pintor y no como periodo. Acaso de allí provenga su reticencia a llamarse “impresionista”, escuela que, sea dicho, no entendía o no quería entender. No por eso reprimió un profundo sentimiento de compasión por “esa generación de pintores enfermos”.

Conoció a la perfección la Historia del Arte y sus artistas. Resaltan Daubigny, Th. Rousseau y Millet – a quien siempre amó y admiró. Estos le enseñaron el fin de la pintura (“tomar los colores y las formas para hacer con ellas algo que no existía”), no su técnica; Van Gogh aprendió en la soledad, lejos de las escuelas y los maestros.

Leyó con fervor inusitado a Zola, Shakespeare, Hugo, Coppée, Goncourt. Dio la razón a Flaubert cuando éste revelaba: “El talento es una larga paciencia”. Así mismo, leer en Maupassant que el artista tiene la libertad de exagerar, de crear una naturaleza más bella, más simple, lo conmovió profundamente.

Estaba escrito que, en vida, nunca vendería una sola obra. Cuando en cierta ocasión le ofrecieron comprar uno de sus cuadros; al contemplarlo, antes de la venta, lo juzgo hermoso e invaluable. Incapaz de venderlo, es decir, de fijar un precio, lo obsequió.

Años más tarde, muerto y famoso, sus cuadros se encontraron dispersos por las pequeñas aldeas que caminó; pues como el mismo nos cuenta, cambiaba bocetos y dibujos por mendrugos y no pocas veces se vio forzado a empeñar sus pertenencias –incluidos sus cuadros- , cuando no a abandonarlas.

Por último, ¿qué puede ser más propio, que la imagen que se tiene de sí mismo?:

“¿Qué soy yo a los ojos de la mayoría? Una nulidad o un hombre excéntrico o desagradable – alguien que no tiene un sitio en la sociedad ni lo tendrá; en fin, poco menos que nada. Bien supón que eso sea exactamente así; entonces quiero mostrar por medio de una obra lo que hay en el corazón de un excéntrico, de una nulidad.”

5 comentarios:

Jose F dijo...

Tomás, Carlos & Christian: estupendos los tres textos; sabíamos lo que nos estabamos perdiendo: de ahí nuestra porfía el sábado por la tarde.
Un abrazo

Libélula libros dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Libélula libros dijo...

¿Ven porqué se hace imposible hacer el Boletín de Libélula?

Tomás D. Rubio dijo...

Gracias Doctor Calle. La idea es una participación por semana, siempre atentos a sus observaciones.

El comentario de Libélula, naturalmente es injusto.

Misael Peralta dijo...

Conmovedor. Más allá de lo que se piense en términos teóricos de las Cartas, es mucho más bello leer como un hombre se encuentra con otro en el libro.