5/4/10

Grandpa'

Mi abuelo llegó a tener una biblioteca. En la casa grande, ocupaba al menos unos tres estantes. Después, en el apartamento, se redujo pero siguió estando en el estudio, a un lado de su escritorio. Se encontraban sobre todo libros de historia de las guerras, de política, de Colombia, de grandes y viejos militares. Eso le gustaba. 
Después, cuando por razones de duelo o necesario aprovechamiento de espacio, el estudio se convirtió en un cuarto de huéspedes, la biblioteca, cada vez más reducida, terminó en la finca, en las dos tablas de un mueble grande y anticuado. De la casa grande me acuerdo de libros de gran formato, de Cristobal Colón, de Julio César, de Adán y Eva. Del estudio, de Rojas Pinilla, de Siervo sin tierra. En la finca, encontré Sin remedio, Leon de Greiff, María.
Hoy miro lo que queda de la biblioteca de mi abuelo y creo todavía ver ahí su rostro, su carácter. Cada vez es más difícil. Una biblioteca sin su dueño es un olvido más, es un descuido que ni yo, que se supone que me gustan los libros, puedo salvar. 
A la finca los ladrones han entrado unas tres veces, hasta donde sé no se llevaron nunca un libro, sí dos televisores, un espejo. Pero yo insisto en que cada vez que voy la veo más y más vacía, como si esa fuera su intención.
Mi abuelo me contó, y nunca supe si se estaba burlando, que él creía que Pancho Villa era de Chinchiná, que no le contara a nadie. En lo que queda, hay una biografía del méxicano que seguramente nunca leeré.
Cuando leía, sus manos gruesas, acostumbradas al azadón y a arrancar las hierbas más complicadas, literalmente destruían el libro, lo descuardenaba, las hojas quedaban sueltas, se rasgaban. 
Guardo varios de esos libros, no me importa si los leo o no, que se queden ahí, como evidencia de que yo también he hecho que esa biblioteca desaparezca. Sé que de alguna otra forma la sigo construyendo.