16/1/10

Felisberto, nene.



Continuando, entonces, con las antologías: Las Hortensias y otros relatos, de Felisberto Hernández, en la editorial El cuenco de plata, Buenos Aires, 2009. (Felisberto Hernández nació en Montevideo en 1902; allí mismo, en 1964, moriría de 61 años.)

Siempre he considerado desafortunada la etiqueta "autor de culto"; porque así como otorga un grado de misterio y devoción impostada, altera, regula, y al final decide el juicio del lector: no podría entonces decir que mi llegada a Felisberto haya sido muy diferente, o inesperada, o meritoria, respecto a muchas otras.

Sin embargo, desde ya considero a Felisberto como un amigo; como a ese escritor absolutamente honesto que desarrolló su obra desde la calidez más esencial.

En estos cuentos (en realidad Las Hortensias es una novela corta) el silencio y los recuerdos son obsesiones, hermosas repeticiones:

"Hacía algunos años me había despertado en el cuarto oscuro de un hotel de campaña y había descubierto que nuestros pensamientos se producen en un ámbito de nuestra intimidad que tiene calidad de silencio. Aun en el barullo más estridente de una gran ciudad, pensamos en silencio a dónde vamos, qué tenemos que hacer o en aquello que conviene a nuestros deseos. Pero todavía es más profundo el silencio en que se forman nuestros sentimientos. Sentimos el amor en silencio antes de que lleguen los pensamientos, después las palabras y después los actos, cada vez más hacia afuera, hacia el ruido". (La casa nueva)

"Todos estos recuerdos vivían en algún lugar de mi persona como en un pueblito perdido: él se bastaba a sí mismo y no tenía comunicación con el resto del mundo. Desde hacía muchos años allí no había nacido ninguno ni se había muerto nadie. Los fundadores habían sido recuerdos de la niñez. Después, a los muchos años, vinieron unos forasteros: eran recuerdos de la Argentina. Esta tarde tuve la sensación de haber ido a descansar a ese pueblito como si la miseria me hubiera dado unas vacaciones". (El corazón verde)

Todo, así, se entretiene en medio de lo que nos queda en la cabeza, y en lo que la ausencia de sonidos nos llega a gritar desde algún otro mundo que presentimos, pero nos equivocamos, fantástico: un puebllito que a menudo visitamos y que llamamos memoria.

Una antología que se queda corta, pero que cumple con mostrar un autor (menos mal) cada vez menos de "culto": y que desde fuera de esa sombra de dañina y escondida admiración, nos llega como otra comprobación, básica, de la felicidad.

...

a) Creo que se han mencionado los problemas de distribución entre las editoriales pequeñas en hispanoamérica: El cuenco de plata, por desgracia, no presenta excepción: y aunque el trabajo editorial del señor Edgardo Russo no ha pasado desapercibido por la librería, con apenas tres títulos en medio de los estantes, la sensación es ingrata. Me llama la atención, en la Nota editorial que presenta el libro de Felisberto, esta triste dedicatoria:

"La presente edición recupera para los lectores rioplatenses..."

b) La juiciosa edición de Las Hortensias y otros relatos, cierra, semejando un cuenco de plata, así:

Se terminó de imprimir en el mes de agosto de 2009
en los Talleres Gráficos Nuevo Offset
Viel 1444, Capital Federal
Tirada: 2500 ejemplares.



2 comentarios:

Pablo R. Arango dijo...

¿Cómo es eso de que 'moriría'? ¿No se murió? ¡Ah!, siquiera.

Tomás D. Rubio dijo...

Lapsus, seguramente, Pablo Rolando. Está (estuvo (?)) bien la vuelta del Diccionario. Finally.