21/6/10

Saroyan: Me llamo Aram

Durante la última parte del siglo XIX, escapando de la intolerancia y la violencia otomanas, un numeroso grupo de armenios se instaló en la costa oeste de los Estados Unidos. Armenia es un pequeño país ubicado entre Europa y Asia, sin salida al mar. Fresno, California, un lugar árido y seco no lejos de la costa pacífica. Allí nació en 1908 William Saroyan, hijo de inmigrantes, todo un ciudadano del nuevo mundo. Sus varias expulsiones lo alejaron definitivamente de las escuelas y desde muy joven comenzó a trabajar en viñedos, oficinas familiares, como mecanógrafo, mensajero... en fin, tenía un deseo ciego por volverse escritor. En El secreto de Joe Gould, cuenta Joseph Mitchell que Saroyan consiguió a diez centavos en una librería de viejo un ejemplar de la revista Dial («En el Dial se publicó La tierra baldía. También Los hombres huecos. Para ella reseñó T.S Eliot el Ulises. [...] Para el Dial escribía Joseph Conrad, y también Joyce, Yeats y Proust, y también Cummings [...]» El secreto de Joe Gould, p 83), y allí leyó un artículo del vagabundo de Norwood e imposible autor de la grandiosa Historia oral de nuestro tiempo. Leyendo a Gould, el joven de veinte años se dio cuenta "cuando se va por el mal camino", ese artículo "Me libró de la preocupación por la forma". Por esos años Saroyan deja de escribir en el impopular armenio y decide convertir en un cuento inglés su esbozo de novela armenia: esa historia se llamó El joven audaz sobre el trapecio volante, y fue con ella -le pagaron 15 dólares en 1934- que se dio a conocer y por la que comenzó a cobrar por la publicación de sus cuentos en varias revistas norteamericanas.

Saroyan, 1940

Su confianza lo condujo naturalmente a la insolencia: además de cobrar cifras escandalosas por sus relatos (un pago de 200, lo subía a 500 dólares sin problema) se burló de Muerte en la tarde de Hemingway: "un pedazo de prosa bastante sólido, ... Aun cuando Hemingway sea un bobo, al menos es un bobo correcto, y eso es mucho pedir". La respuesta de Hemingway, cómo no, de ninguna otra forma: "Escuche, señor Saroyan, es posible que yo esté un poco borracho pero así está bien. Usted es inteligente, cómo no. Pero no tanto. Su única gracia es ser armenio, y a esos los hemos visto ir y venir. Incluidos algunos buenos. Mejores que usted, señor Saroyan. Los hemos visto recorrer grandes caminos, y hemos visto cómo no regresan y nadie pregunta adónde fueron. Olvidan rápido, señor Saroyan. ¿He sido claro? O le gustaría que le voltee la cara".

Saroyan escribió para Hollywood y Broadway; como Fitzgerald, perdió miles de dólares en apuestas y en alcohol, como Fitzgerald, muchas de sus historias eran escritas solo para pagar deudas.

...
Editorial Acantilado ha ido publicando a Saroyan. Publicó entre otros Me llamo Aram, un libro de cuentos aparecido en 1940, que cuenta la infancia de un niño armenio en Fresno, California.

Los personajes, tiene razón Hemingway, son curiosos por ser inmigrantes armenios, pero no por esto dejan de ser divertidos, como una de las tías de Aram que no entiende por qué después de tantos años nadie de sus vecinos ha tenido la delicadeza de aprender armenio. O el obstinado tío que confía en la riqueza sembrando miles de granados y luego vendiendo su fruta, sin tener en cuenta que en las tierras de California solo crecen cactus y maleza desértica. O el tío que se hizo amigo de un árabe, y que cuando Aram los veía reunidos nunca hablaban, y que sólo al final el niño entendió que no siempre las palabras dicen lo que pueden decir, y eran simplemente dos inmigrantes con todo y nada en común. «Dijo mi tío: -El árabe ha muerto. Murió huérfano en un mundo extranjero, a diez mil kilómetros de su tierra. Quería volver a ver a sus hijos. Quería volver a hablar con ellos. Quería olerlos. Quería oír cómo respiraban. No tenía dinero. No paraba de pensar en ellos. Ahora está muerto. Ahora vete. Te quiero».


Saroyan murió en 1981. De su vida quedan cosas por decir; falta leerlo. Bruno H. Piché, en un artículo publicado en Letras Libres, cuenta que sus últimas palabras fueron: “Este es el momento más hermoso de mi vida... y de mi muerte”; Albert Angelo recoge en El libro de los finales al menos las dictadas: “Todo el mundo tiene que morir, pero siempre creí que en mi caso se haría una excepción. ¿Y ahora, qué?”. Sus cenizas fueron enterradas, la mitad en Fresno, la otra en Armenia, fue así su deseo.

17/6/10

En vitrina:




Umberto Eco & Jean Claude Carriere: Nadie acabará con los libros. Lumen.

Alberto Manguel: El legado de Homero. Debate.

Cesare Pavese & Bianca Garufi: Camino de sangre. Lumen.


13/6/10

Sobre la enfermedad de mi Musa.

Belloc.

© National Portrait Gallery, Londo. H. Belloc junto a G.K. Chesterton y Maurice Baring.

Durante de las primeras décadas del siglo XX, Hilaire Belloc fue uno de los hombres más populares de Inglaterra; literalmente, el centro de atención de las masas. Chesterton dice en su Autobiografía que “antes de leer lo que Belloc escribía, los críticos empezaban a criticar lo que probablemente escribiría”. Junto con H.G. Wells, G.B. Shaw y G.K. Chesterton participó en las discusiones más polémicas de su época. Borges, en una de las biografías sintéticas que elaboró para la revista El Hogar, resume las numerosas opiniones que sobre “el viejo trueno” se tenía: “Se dice que es un francés, un inglés, un universitario de Oxford, un historiador, un soldado, un economista, un poeta, un antisemita, un filosemita, un hombre de campo, un farsante, un aventajado alumno de Chesterton, un maestro de Chesterton” (Textos Cautivos, 1986).

El periodismo –profesión apenas naciente– fue el medio que eligió para expresar sus agudas y eruditas opiniones. Junto con Cecil y Gilbert K. Chesterton fundó The Eye-Witness, del que fue primer editor. Con ambos hermanos, colaboró en varias ocasiones; con el último, entablo una memorable amistad. Chesterton le dedica páginas enteras de su Autobiografía. Shaw, amistoso rival de ambos, apodó a esta pareja de amigos el Chesterbelloc, “monstruo cuadrúpedo y vanidoso que suele causa muchas desgracias”.

Actualmente la vasta obra[1] de Hilaire Belloc es poco editada. Le ha perjudicado, como a Chesterton –creo yo– haber sido un inteligente defensor del cristianismo. Afortunadamente, hace poco una editorial madrileña, Ciudadela, en su colección “El Buey Mudo”, ha publicado algunas obras de sus obras: El Estado servil, Napoleón y Europa y la fe. Esos libros son la oportunidad para volver a leer a este autor un poco olvidado. En internet también están muchas de sus obras, digitalizadas, tanto en inglés como en español. El fragmento que se encuentra más abajo, lo extraje de aquí; fue publicado originalmente en 1908, y hace parte del libro On nothing & kindred subjects. Hilaire Belloc es un excelente autor por redescubrir; espero que el breve ensayo que aquí traduzco despierte de alguna forma la curiosidad por este gran escritor.

Sobre la enfermedad de mi musa.

Por Hilaire Belloc.

El otro día noté que mi Musa, que había estado por mucho tiempo indispuesta, silenciosa y huraña, mostró signos de verdadera enfermedad.

Aunque entre mis hábitos no se haya el consentir perros, gatos u otros similares, mi Musa mostraba una apariencia tan penosa que decidí llamar un médico; no sin antes enviarla a la cama con una botella caliente, una cena ligera, y con otras tantas comodidades que las Musas suelen valorar. Todo lo que pudo hacerse por la pobre pequeña se hizo escrupulosamente; un agradable fuego se encendió en su cuarto, y un buen número de periódicos de los que gustaba de leer en sus ratos de ocio fueron comprados en una tienda cercana. Una vez bebió su vino y leyó por completo el Daily Telegraph, el Morning Post, el Standard, el Daily Mail, el Daily Express, el Times, el Daily News, e incluso el Advertiser, me complació verla sumergirse en un profundo sueño.

Confesaré que los celos que fácilmente se avivan entre los sirvientes cuando alguno de ellos es tratado con especial cortesía, me inquietaron un tanto. Me vi en apuros al explicar a la servidumbre no solo la grave indisposición que la Musa sufría, sino también la obligación que tenía para con ella por cuenta de sus virtudes, a saber: su largo y fervoroso servicio, su voluntariedad, y el exceso de trabajo que había ejecutado recientemente. Sus consiervos, para mi sorpresa y placer, participaron de inmediato del espíritu de mi apología: la criada de la despensa ofreció asistirla toda la noche, o al menos hasta que la enfermera llegara; el ayuda de cámara, con una disposición –debo confesar– verdaderamente sorprendente para una persona de su orgullo, se ofreció a ir él mismo por paja a un establo vecino.

Posteriormente descubrí que la causa del afecto que la Musa había despertado en todos los habitantes de la casa descansaba en su amable y desinteresado temperamento. En dos ocasiones, inspiró en el marmitón versos que más tarde aparecieron en el Spectator, y con regularidad semanal prestó su ayuda al cocinero en la redacción de esas técnicas reseñas con las que –según parecía– aquel empleado pudo incrementar su generosa paga.

Seis horas completas había dormido la Musa para el momento en que llegó el doctor –un especialista en la materia hasta ahora consultado (me enorgullece decirlo) por hombres eminentes tales como Mr. Hichens, Mr. Churchill y Mr. Roosevelt, cuando sus Musas se han sentido ligeramente indispuestas. De hecho, se trata de aquel médico que operó de afasia la Musa del fallecido Mr. Rossetti, justo antes de su deceso. Altos son sus honorarios, pero estaba dispuesto a pagar; y ciertamente nunca habría aceptado –como sí lo han hecho, lamento decirlo, muchos de mis vergonzosos contemporáneos– contratar a un veterinario para semejante ocasión.

El especialista, con aire resuelto, se acercó al sofá donde la paciente yacía; la despertó según la vieja fórmula y procedió a preguntarle por sus síntomas. Pronto descubrió su agudeza, y pude ver por su actitud que se encontraba en extremo ansioso. La Musa había empeorado de tal forma que era incapaz de dictar, incluso, un pequeño verso blanco, y el malestar había afectado su mente hasta el punto de perder toda memoria del Parnaso –delirantemente sostenía que había nacido en los home counties[2]; en Uxbridge, para ser precisos. Cada una de sus frases era un deplorable lugar común, y cuando el doctor posó su estetoscopio y le rogó intentara algún verso, lo mejor que pudo ofrecernos fue un soneto sobre la expasión del imperio. Tal era su debilidad que a lo sumo podía permanecer despierta, y eso que flojamente, mientras se declaraba a sí misma totalmente incapaz de surgir, expandir, elevar, atormentar o realizar cualquier otra actividad propia de su labor.

Una vez concluyó el examen, el doctor me apartó para preguntarme de qué escritos se había alimentado la paciente recientemente. Le enumeré entonces sus lecturas: la prensa diaria, algunas reseñas, telegramas venidos del puesto de guerra más lejano, y, ocasionalmente, debates parlamentarios. En esas, meneó su cabeza y me preguntó si, últimamente, no se había exigido mucho de ella. Admití que había realizado, en el último año, una cantidad considerable de trabajo para una Musa de su edad, si bien la calidad era dudosa y yo –me apresuré a agregar– era el último a quien culpar pues, sin mi permiso, había desperdiciado no pocos de sus poderes en otros, especialmente en el marmitón y el cocinero.

El doctor tuvo entonces la gentileza de escribir una fórmula en latín y agregar esas recomendaciones generales que comúnmente son de mayor valor que la medicina. Debía guardar cama; cualquier tipo de literatura moderna estaba prohibida, a menos que Swift y Milton puedan ser admitidos como modernos, e incluso estos autores y sus predecesores debían ser admitidos en cantidades moderadas. Si aparecía algún signo de hipérbaton, arcaísmo o neologismo, éste debía ser estimulado de inmediato; pero de estos –agregó– había poco peligro. No dudaba que en unas pocas semanas la tendríamos en pie de nuevo, mas me advirtió que no le permitiera trabajar demasiado pronto.

“No le permitiré”, dijo, “emprender ningún esfuerzo hasta tanto pueda inspirar, en un día de doce horas, por lo menos 18 cuartetos lúcidos, gramaticales y conmovedores. En cuanto a versos sueltos, citas, frases sutiles, entre otras, no son signo de mejoría, sino más bien lo contrario”.

También, me rogó prohibirle cualquier lectura en griego o latín, mas logré tranquilizarle diciéndole que la Musa desconocía totalmente dichas lenguas –ante lo cual expresó cierto placer y no menor asombro.

Por último, me informó que estaba obligado a irse; la temporada era difícil y jamás había contemplado un colapso tan generalizado entre las Musas de sus clientes.

Juzgué cortés acompañarlo hasta la puerta y preguntar por sus más distinguidos pacientes. Le complacía informarme que la musa del Arzobispo de Armagh estaba bastante vigorosa a pesar de la edad de su ilustrísimo maestro; jamás había conocido a una dama de mayor coraje e inventiva. Pero cuando pregunté, mientras le tendía la mano hasta su coche, sobre la Musa de Mr. Kipling, su cara tomó un aire grave de inmediato; luego me indagó, “¿No se ha enterado?”

“No,” dije; pero tenía un fatal presentimiento sobre la siguiente frase y, en efecto, estaba casi preparado para recibirla cuando respondió con tono solemne:

“Ha muerto”.



[1] Borges anota con humor: “Una leyenda –corroborada por los censos de los catálogos y por la propia confesión de Belloc– refiere que escribió más de cien libros.

[2] Expresión que se refiere a los condados que rodean Londres.


10/6/10

1/6/10

Kafka U.S.A

Hoy, en clase de History of English Language, viendo los períodos y los representantes más importantes en la historia de la literatura en lengua inglesa:

«Modern Period
Fiction:
James Joyce (Dubliners, A Portrait of the Artist as a Young Man) Franz Kafka (The Metamorphosis, The Trial, The Castle), Ernest Hemingway...»

26/5/10

En vitrina:


Chateaubriand:
Memorias de ultratumba, Acantilado.

Arthur Schnitzler: El teniente Gustl, Acantilado.

Fernando Pessoa: El regreso de los dioses, Acantilado.


"Es evidente que poner libros en las estanterías a disposición del público lector es un trabajo, a mi entender, con múltiples facetas, que puede además ser interpretado de muy distintos modos". Jaume Vallcorba, editor de Acantilado.

23/5/10

Pessoa, Diarios: "ni tendré fe mañana en lo que esté diciendo".

Ya en 1901 Fernando Pessoa había vuelto a Lisboa, pero ahora, en 1905, llegaba para quedarse para siempre. Llegó de Durban, Sudáfrica, con la influencia de la literatura romántica inglesa, de Aristóteles y las filosofías que lo envolvían en mil proyectos que luego incumplía, uno por uno: «15 de marzo de 1906»: «leí la Lógica de Aristóteles traducida por San Hilario […] Estuve pensando en la disertación sobre los derechos de la mujer, y en un alegato satírico a favor de la prostitución masculina. Empecé “La puerta”. Leí un libro sobre fisonomía». Menos de una semana después: «21 de marzo»: «Empecé El círculo de la vida. Escribí la La balada del Rey Gondomar. Incapaz de continuar La puerta. Pensé una obra “Sobre el Estado”. Y seguí escribiendo un poema de Revuelta. Empecé unas “Notas sobre las narices”. Esbocé un poema breve sobre Shakespeare». «Del miércoles 4 al miércoles 11 de abril»: «Leí La feria de las vanidades, Viaje a la luna y la mitad de Viaje alrededor de la luna de Jules Verne. Continué La puerta». «Del viernes 13 al martes 17 de abril»: «Planeé un tratado Sobre la República que debe estar escrito en un lenguaje simple y aparecer después de Revuelta. Conseguí algunos argumentos para mi Metafísica […] Planeé un panfleto contra el matrimonio […] Seguí con La puerta. Empecé Documento robado».

Gadir Editorial publicó Diarios (traducción Juan José Álvarez), una serie de apuntes (unos, efectivamente, a manera de diario, no todos) que van desde sus primeros meses en Lisboa (Pessoa llegó de África en septiembre de 1905, en octubre comienza el Curso superior de letras, en marzo del año siguiente comienza el Diario), hasta sus últimas obsesiones esotéricas "neo-paganas". ¿Diarios?, sí; algunas páginas cuentan días monótonos (o sea felices), llenos de calurosas caminatas por la ciudad, de clases de geografía y de visitas a las tías; otras son apuntes de un adolescente que todavía no había conocido a su maestro Alberto Caeiro, pero que ya, de alguna forma, lo configuraba: (Aproximadamente después de 1908):

«Estoy aquí sentado, escribiendo en mi mesa, con mi bolígrafo en la mano, etc., y súbitamente cae sobre mí el misterio del universo y me detengo, tiemblo, siento pánico. Siento el deseo de dejar de sentir, de matarme».

Pessoa, con 17 años, poco antes de regresar a Portugal

Es durante estos años cuando Pessoa empieza a frecuentar y luego a abandonar las vanguardias portuguesas (desencantado, ya en 1914 escribe: «Puesto que todo lo que es nuevo irrita, aquél que es artificial quiere irritar. Pero, además de lo nuevo, hay otra cosa que también irrita: es lo absurdo, lo meramente irritante. Confusión»). Comienza su trabajo como traductor de cartas en agencias de cambio, a frecuentar bares... charla, pero no habla con nadie:

«Actué siempre hacia dentro... Nunca he tocado la vida... Siempre que yo esbozaba un gesto, acababa en un sueño, heroicamente,... Una espada pesa más que la idea de una espada... Dirigí grandes ejércitos, vencí grandes batallas, disfruté grandes derrotas; todo dentro de mí. Disfrutaba paseando solo por las alamedas y por los largos pasillos, dando órdenes a los árboles y a los retratos de la pared... Por el largo pasillo que hay en el palacio he paseado muchas veces con mi prometida... Nunca tuve una prometida real... nunca supe cómo se ama... Sólo supe cómo se sueña amar... Si me gustaba ponerme anillos de mujer en mis dedos es porque a veces me gustaba tomar mis manos de joven por las manos de una princesa, y pensar que yo era, al menos en ese gesto de mis manos, la persona a la que amaba...»

¿Qué pasa, o qué puede pasar después? El nacimiento de los heterónimos, días "en parte agradables, en parte desagradables", traducciones, el drama en personas, y no en actos, que algo conocemos.

«Querido Antonio Mora, dijo, Proserpina me quiere en su reino, es hora de partir, es hora de dejar este teatro de imágenes que llamamos nuestra vida, si supiera las cosas que he visto con los anteojos del alma, he visto los contrafuertes de Orión, allí arriba en el espacio infinito, he caminado, con estos pies terrestres por la Cruz del Sur, he atravesado noches infinitas como un cometa luciente, los espacios interestelares de la imaginación, la voluptuosidad y el miedo, y he sido hombre, mujer, anciano, niña, he sido las multitudes de las grandes avenidas de las capitales de Occidente, he sido el plácido Buda de Oriente de quien envidiamos la calma y la sabiduría, he sido yo mismo y los otros, todos los otros que podía ser, he conocido honores y deshonores, entusiasmos y desalientos, he cruzado ríos e inaccesibles montañas, he mirado plácidos rebaños y he recibido en la cabeza el sol y la lluvia, he sido una hembra en celo, he sido el gato que juega en la calle, he sido el sol y la luna, y todo porque la vida no basta». (Tabucchi, Los últimos tres días de Fernando Pessoa)

19/5/10

The Book Seer


Desde el blog de libros de The Guardian recomiendan la página The Book Seer (algo así como el vidente de libros) donde uno escribe el último libro leído y la aplicación se encarga de recomendarle uno o más títulos. Ya van varias ridículas sorpresas.

11/5/10

De libros y editores

Leer El optimismo de la voluntad*, del editor Jorge Herralde (Anagrama) ha sido una experiencia agridulce. Por un lado es una especie de norte que todo editor (más en ciernes, como es mi caso) debe seguir si quiere ver florecer su editorial; sus consejos son iluminadores y su forma de tratar con los autores (tan humana, tan cercana) parece casi contradecir todas las reglas que ofrecen los libros técnicos. Es una especie de quijote, de humanista del oficio de editor, que hoy en día, me da la impresión, toma más los matices de un contable, un robot sin sentimientos que debe tomar distancias con el autor, antes de que éste, como un animal traicionero, muerda la mano que se le acerca.
Por otro lado es desconsolador comparar lo que es su trabajo con lo que vivo cada día: autores que dejan mucho que desear, recomendados y más recomendados, malos correctores de estilo, peores diagramadores y una cantidad de gente que no acepta un no por respuesta. Ya sé que él tiene varias décadas en el oficio y así ha logrado hacerse un nombre y que muchos autores buenos quieran hacer parte de su sello, pero cuánto me gustaría encontrarme con un manuscrito que me emocione, por el que me la juegue sin dudas, descubrir un escritor bueno, publicarlo, ser editor de verdad verdad.
Por ahora me consuelan las colecciones de clásicos, algunas reimpresiones y un par de antologías, imagino que el tiempo me afinará el olfato y llegará con títulos que, tal vez, logren ser reseñados con auténtico fervor.
Ser editor es una actividad emocionante, que me estimula cada día, pero qué difícil es el camino hacia lo que uno espera de su sello. Algunos, como Herralde, ya lo trasegaron y ahora recogen sus frutos, sus enseñanzas le dan nueva vida a esta generación que piensa sólo en cifras y estudios de mercado, en autores con público y derechos derivados. En fin, vendrán mejores tiempos y a la sombra de los buenos editores podré ir cosechando algunos frutos propios.

* Jorge Herralde. El optimismo de la voluntad. Experiencias editoriales en América Latina. Fondo de Cultura Económica. Colección Tezontle. México, 2009. 329 pp.

2/5/10

En vitrina:

En un solo día, cinco ejemplares (todo un best seller para la librería) de Bibliotecas llenas de fantasmas, de Jacques Bonnet fueron comprados por jefes, amigos y otros; aprovechando esta otra vitrina para recomendar esta maravilla de libro, dejamos aquí (http://www.anagrama-ed.es/PDF/fragmentos/A_408.pdf) el enlace para leer las primeras páginas: Todo un placer, repetimos.



Jacques Bonnet: Bibliotecas llenas de fantasmas, Anagrama.

Hugh Laurie: Una noche de perros, Planeta.

Patricia Highsmith: Suspense, Norma (Verticales de bolsillo).