26/1/12

3/11/11

El sueño de las escalinatas

La retórica de Jorge Zalamea puede sonar anticuada, ridícula. No lo creo así. Fue en 2005 cuando el profesor de español puso a sonar un cassette: una voz profunda, seca, empezaba a pronunciar un montón de palabras pomposas. Era un poema llamado El sueño de las escalinatas que, contaba el profesor, conservaba en esa única copia; el longplay del que provenía la grabación que ahora escuchábamos había sido convertido en un juguete más por su hijo. Sólo le quedaba ese regular -habían fragmentos recortados que el profesor explicaba como un posible mordisco del niño, un aruñón- traspaso del lp al cassette.

Hace poco un amigo de la librería apareció con el cd que la emisora cultural HJCK, en su "Colección Literaria", dedicó a Jorge Zalamea. Este es, sin mordiscos, El sueño de las escalinatas:


Copio la contraportada de la edición que tengo del poema de Zalamea (El Áncora Editores, 1982):

"Jorge Zalamea (1905-1969) se inició en el periodismo como crítico teatral y desde muy joven publicó en la revista Cromos sus primeros cuentos y reseñas de libros. Posteriormente viajó por diversos países del mundo en calidad de diplomático, exiliado o luchador político. Fue traductor de Sartre, T. S. Eliot, Saint-John Perse, Paul Valéry y William Faulkner, entre otros. En 1965 ganó el concurso de ensayo de Casa de las Américas con "La poesía ignorada y olvidada", y un año antes de su fallecimiento recibió el premio Lenin de la paz.
Junto con "La Metamorfosis de Su Excelencia" y "El gran Burundún-Burundá ha muerto, "El sueño de las escalinatas" es tal vez su obra más conocida. Zalamea escribió la parte inicial en Benarés, durante 1957, y la versión definitiva apareció por primera vez en Bogotá en 1964".

De las traducciones sólo conozco la de Faulkner: Requiem For a Nun lo tradujo Réquiem para una mujer (Emecé, 1958).

24/10/11

Prohibición


Algunas prohibiciones tras la llegada de los talibanes a Kabul (tomado de: El librero de Kabul de Åsne Seierstad, Océano):

3. Prohibida la rasura. Todo hombre que lleve la barba afeitada o cortada será encarcelado hasta que le crezca la barba con la longitud de un puño.

5. Prohibición de la posesión de palomas y de las riñas de pájaros. Este pasatiempo tiene que cesar. Las palomas y los pájaros usados en juegos y riñas deben ser matados.

7. Prohibido el juego de la cometa. Este juego tiene conseciuencias sociales nocivas, por ejemplo, las apuestas, la mortalidad infantil y el ausentismo escolar. Los comercios que vendan cometas serán cerrados.

10. Prohibidos los peinados británicos o norteamericanos. Los hombres con el pelo largo serán detenidos y llevados al Ministerio de Promoción de la Virtud y Prevención del Vicio, donde se les cortará el pelo convenientemente. El coste de la peluquería correrá a cargo del infractor.

14. Prohibido tocar el tambor. En caso de que alguien toque el tambor, el consejo religioso de ancianos decidirá la pena adecuada.

15. Queda prohibido que los sastres confeccionen ropa femenina y tomen medidas a las mujeres. En caso de ser encontradas revistas de moda en la tienda el satre será encarcelado.

11/9/11

Awesome People Reading

Qué buen blog (¿tumblr?) este que muestra a un montón de celebridades leyendo: desde Nabokov hasta Bruce Lee, desde Groucho Marx hasta Audrey Hepburn:



W. H Auden lee

24/8/11

¡Boletín! ¡Boletín!

27/7/11

En vitrina:


Cees Nooteboom: Tumbas de poetas y pensadores (Fotografías de Simone Sassen). Debolsillo.

Thomas Bernhard: El malogrado, Alfaguara.

Javier Marías: Los enamoramientos, Alfaguara.

6/7/11

Max Frisch: Montauk. Una narración. Laetoli, trad. Fernando Aramburu.

La colección Maestros del siglo XX de la editorial Laetoli, con apenas seis títulos publicados, sigue mereciendo todos los elogios: impecable presentación, excelentes traducciones, cuidados que van desde la mención de otras obras del autor publicado en castellano hasta una mínima reseña del traductor y del autor encargado de la ilustración de la portada: Laetoli ha incluido todos las minucias técnicas y para muchos innecesarias que siempre he querido ver en un libro.

Lo técnico se olvida fácilmente, las novelas que han editado son impresionantes. Una, que se lee como la más natural de las historias, Dissipatio humani generis de Guido Morselli, cuenta cómo de un momento a otro todos los habitantes del planeta se desvanecen; no son raptados ni sometidos a secuestro alguno, se desvanecen simplemente, y como prueba queda el espacio vacío de la forma humana entre las sábanas. Otra, que comienza como una explosión y mereció la celebración absoluta de un cascarrabias como Nabokov: La paloma de plata de Andréi Biéli. Y una más, que es un sacudimiento casi grosero: El brezal de Brand, de Arno Schmidt. El catálogo se completa con las Obras completas de Wolfgang Borchert, Edad de hombre de Michel Leiris y Montauk de Max Frisch.

Montauk funciona como testamento, es el libro que toda celebridad evita escribir. Las razones: Montauk es la confesión de un fracaso como profesional, como amigo, como esposo, como padre. El amante Frisch tal vez salga bien librado: pero sin abusos, sin las proezas que los escritores suelen otorgarse. El escritor suizo es un hombre que necesita de la compañía de una mujer para no caer en el desorden doméstico y en el fastidio del drama solitario. Las relaciones siempre, para él, son el juego previo a la separación, van a ser una promesa que tarde o temprano se incumplirá. Pero la culpa de todos estos sinsabores personales le cae bien a Frisch: “Nuestra culpa tiene una utilidad; justifica muchas cosas en la vida de otros”. (p 44)

La mejor línea de Montauk es esta, buenas noches: "La literatura conserva el momento, para eso existe. La literatura tiene el otro tiempo”. (p 77)

4/7/11

Las bibliotecas del Nobel

Vía Moleskine Literario me enteré del artículo que el diario La Tercera le dedicó a la biblioteca de Mario Vargas Llosa, la de Lima, la de la vista hacia el Pacífico. De detalles como el nylon que atraviesa los estantes para evitar en algo la caída de los libros durante algún terremoto, la escalofriante catalogación de todos los recortes de prensa que hablan sobre él llevada a cabo desde hace décadas, los hipopótamos puestos sobre el escritorio, las notas que escribe al final de los libros y la calificación de 0 a 20 con que juzga sus lecturas.


La otra biblioteca de Vargas Llosa está en Madrid y hace unos días la señora librera me recomendó un programa de Radio Televisión Española, "Los oficios de la cultura", donde la muestran brevemente. ¿Lo mejor? Para mí el minuto 13 cuando Vargas Llosa le muestra a Matías Candeira un ejemplar de la primera edición de Madame Bovary -y en donde se alcanza a leer el subtítulo "Mœurs de province", costumbres de provincia, línea que pocos tienen en cuenta cuando traducen la novela de Flaubert. Ediciones Akal lo hace, no sé cuál otra.

Aquí queda el programa "Mario Vargas Llosa y el oficio de escribidor" emitido en octubre de 2010:



29/6/11

En vitrina: Patrick Leigh Fermor



Mani. Viajes por el sur del Peloponeso, Acantilado.

Entre los bosques y el agua, Península.

15/6/11

El bibliotecario valiente




A propósito de los 25 años de la muerte de Borges, en el libro de ensayos Entre paréntesis de Roberto Bolaño (Anagrama, Compactos) encontramos esta breve semblanza:


El bibliotecario valiente

Empezó como poeta. Admiraba la literatura expresionista alemana (aprendió francés por obligación y alemán por algo que podríamos llamar amor, y lo aprendió sin maestros, solo, como se aprenden las cosas importantes), pero posiblemente nunca leyó a Hans Henny Jahn. En las fotos de los años veinte podemos verlo con un gesto envarado y triste, un joven cuyo cuerpo casi sin aristas parece tender hacia la redondez, hacia la suavidad. Practicó la costumbre de la amistad y fue fiel, sus primeros amigos, en Suiza y en Mallorca, pervivieron en su memoria con el fervor de la adolescencia o de la memoria sin culpa de la adolescencia. Y tuvo suerte: frecuentó a Cansinos-Assens y descubrió, para siempre, una visión inédita de España. Pero volvió a su país y encontró la posibilidad de un destino. Un destino soñado por él mismo en un país soñado por él mismo. En las inmensidades americanas imaginó el valor y su sombra, la soledad inmaculada de los valientes, el día que se ajusta a la vida como un guante. Y volvió a tener suerte: conoció a Macedonio Fernández y a Ricardo Güiraldes y a Xul Solar, que valían más que la mayoría de los intelectuales españoles que había frecuentado, o eso pensaba él, y pocas veces se equivocó. Su hermana, sin embargo, se casó con un poeta español. Eran los años del Imperio argentino, cuando todo parecía al alcance de la mano y Buenos Aires podía autodenominarse la Chicago del hemisferio sur sin enrojecer acto seguido de vergüenza. Y la Chicago del hemisferio sur tuvo su Carl Sandburg (poeta, por cierto, que él admiró), y se llamó Roberto Arlt. El tiempo los ha juntado y los ha vuelto a separar para siempre. Pero entonces uno de los dos se sumergió en el vértigo y el otro en la búsqueda de la palabra. Del vértigo de Arlt nació la utopía en su estado más demencial: una historia de pistoleros tristes que prefiguraba, del mismo modo que Abaddón el exterminador, de Sábato, el horror que mucho tiempo después se cerniría sobre la república y sobre el continente. De la búsqueda de la palabra, por el contrario, surgió la paciencia y una modesta certidumbre en la felicidad de la literatura. Boedo y Florida fueron los nombres de ambos grupos, el primero designa un barrio popular, el segundo una calle céntrica, y hoy ambos nombres marchan juntos hacia el olvido. Arlt, Gombrowicz (aquella cena que nadie recuerda); pudo haber sido amigo de ellos y no lo fue. De ese diálogo inexistente hoy queda un gran hueco que también es parte de nuestra literatura. Por supuesto, Arlt murió joven, después de una vida agitada y llena de privaciones. Y fue básicamente un prosista. El no. El era poeta, y muy bueno, y escribía ensayos, y sólo bien entrado en la treintena se puso a escribir narraciones. Hay quien dice que lo hizo ante la imposibilidad de convertirse en el poeta más grande de la lengua española. Estaba Neruda, a quien nunca quiso, y la sombra de Vallejo, cuya lectura no frecuentó. Estaba Huidobro, que fue amigo y luego enemigo de su triste e inevitable cuñado español, y Oliverio Girondo, a quien siempre consideró superficial, y luego venía García Lorca, de quien dijo que era un andaluz profesional, y Juan Ramón, de quien se reía, y Cernuda, al que apenas prestó atención. En realidad, sólo estaba Neruda. Estaba Whitman, estaba Neruda y estaba la épica. Aquello que él creía amar, aquello que más amaba. Y entonces se puso a escribir una historia en donde la épica sólo es el reverso de la miseria, en donde la ironía y el humor y unos pocos y esforzados seres humanos a la deriva ocupan el lugar que antes ocupara la épica. El libro es deudor de los Retratos reales e imaginarios, que escribiera su amigo y maestro Alfonso Reyes, y a través del libro del mexicano, de las Vidas imaginarias, de Schwob, a quien ambos querían. Muchos años después, cuando él ya era el más grande y estaba ciego, visitó la biblioteca de Reyes, en México DF, oficialmente bautizada como "Capilla alfonsina" y no pudo evitar comentar la reacción que ante tal despropósito tendrían los argentinos si a la casa de Lugones se la llamara "Capilla leopoldina". Ese no poder evitar un comentario, su permanente disposición para el diálogo, siempre lo perdió ante los imbéciles. Dijo que su primera lectura del Quijote la hizo en inglés y que ya nunca más le pareció tan bueno como entonces. Se rasgaron las vestiduras los críticos españoles de capa y espada. Y olvidaron que las páginas más certeras sobre el Quijote no las escribió Unamuno, ni la caterva de casposos que siguieron a Unamuno, como el lamentable Ramiro de Maeztu, sino él. Después de su libro sobre piratas y otros forajidos, escribió dos libros de relatos que probablemente son los dos mejores libros de relatos escritos en español en el siglo XX. El primero aparece en 1941, el segundo en 1949. A partir de ese momento nuestra literatura cambia para siempre. Escribe entonces libros de poesía estrictamente memorables que pasan inadvertidos entre su propia gloria de cuentista fantástico y la ingente masa de musos y musas. Varios, sin embargo, son sus méritos: una escritura clara, una lectura de Whitman, acaso la única que aún se mantiene en pie, un diálogo y un monólogo ante la historia, una aproximación honesta al english verse. Y nos da clases de literatura que nadie escucha. Y lecciones de humor que todos creen comprender y que nadie entiende.En los últimos días de su vida pidió perdón y confesó que le gustaba viajar. Admiraba el valor y la inteligencia.


Roberto Bolaño. Entre paréntesis, pág. 289.