11/9/11

Awesome People Reading

Qué buen blog (¿tumblr?) este que muestra a un montón de celebridades leyendo: desde Nabokov hasta Bruce Lee, desde Groucho Marx hasta Audrey Hepburn:



W. H Auden lee

24/8/11

¡Boletín! ¡Boletín!

27/7/11

En vitrina:


Cees Nooteboom: Tumbas de poetas y pensadores (Fotografías de Simone Sassen). Debolsillo.

Thomas Bernhard: El malogrado, Alfaguara.

Javier Marías: Los enamoramientos, Alfaguara.

6/7/11

Max Frisch: Montauk. Una narración. Laetoli, trad. Fernando Aramburu.

La colección Maestros del siglo XX de la editorial Laetoli, con apenas seis títulos publicados, sigue mereciendo todos los elogios: impecable presentación, excelentes traducciones, cuidados que van desde la mención de otras obras del autor publicado en castellano hasta una mínima reseña del traductor y del autor encargado de la ilustración de la portada: Laetoli ha incluido todos las minucias técnicas y para muchos innecesarias que siempre he querido ver en un libro.

Lo técnico se olvida fácilmente, las novelas que han editado son impresionantes. Una, que se lee como la más natural de las historias, Dissipatio humani generis de Guido Morselli, cuenta cómo de un momento a otro todos los habitantes del planeta se desvanecen; no son raptados ni sometidos a secuestro alguno, se desvanecen simplemente, y como prueba queda el espacio vacío de la forma humana entre las sábanas. Otra, que comienza como una explosión y mereció la celebración absoluta de un cascarrabias como Nabokov: La paloma de plata de Andréi Biéli. Y una más, que es un sacudimiento casi grosero: El brezal de Brand, de Arno Schmidt. El catálogo se completa con las Obras completas de Wolfgang Borchert, Edad de hombre de Michel Leiris y Montauk de Max Frisch.

Montauk funciona como testamento, es el libro que toda celebridad evita escribir. Las razones: Montauk es la confesión de un fracaso como profesional, como amigo, como esposo, como padre. El amante Frisch tal vez salga bien librado: pero sin abusos, sin las proezas que los escritores suelen otorgarse. El escritor suizo es un hombre que necesita de la compañía de una mujer para no caer en el desorden doméstico y en el fastidio del drama solitario. Las relaciones siempre, para él, son el juego previo a la separación, van a ser una promesa que tarde o temprano se incumplirá. Pero la culpa de todos estos sinsabores personales le cae bien a Frisch: “Nuestra culpa tiene una utilidad; justifica muchas cosas en la vida de otros”. (p 44)

La mejor línea de Montauk es esta, buenas noches: "La literatura conserva el momento, para eso existe. La literatura tiene el otro tiempo”. (p 77)

4/7/11

Las bibliotecas del Nobel

Vía Moleskine Literario me enteré del artículo que el diario La Tercera le dedicó a la biblioteca de Mario Vargas Llosa, la de Lima, la de la vista hacia el Pacífico. De detalles como el nylon que atraviesa los estantes para evitar en algo la caída de los libros durante algún terremoto, la escalofriante catalogación de todos los recortes de prensa que hablan sobre él llevada a cabo desde hace décadas, los hipopótamos puestos sobre el escritorio, las notas que escribe al final de los libros y la calificación de 0 a 20 con que juzga sus lecturas.


La otra biblioteca de Vargas Llosa está en Madrid y hace unos días la señora librera me recomendó un programa de Radio Televisión Española, "Los oficios de la cultura", donde la muestran brevemente. ¿Lo mejor? Para mí el minuto 13 cuando Vargas Llosa le muestra a Matías Candeira un ejemplar de la primera edición de Madame Bovary -y en donde se alcanza a leer el subtítulo "Mœurs de province", costumbres de provincia, línea que pocos tienen en cuenta cuando traducen la novela de Flaubert. Ediciones Akal lo hace, no sé cuál otra.

Aquí queda el programa "Mario Vargas Llosa y el oficio de escribidor" emitido en octubre de 2010:



29/6/11

En vitrina: Patrick Leigh Fermor



Mani. Viajes por el sur del Peloponeso, Acantilado.

Entre los bosques y el agua, Península.

15/6/11

El bibliotecario valiente




A propósito de los 25 años de la muerte de Borges, en el libro de ensayos Entre paréntesis de Roberto Bolaño (Anagrama, Compactos) encontramos esta breve semblanza:


El bibliotecario valiente

Empezó como poeta. Admiraba la literatura expresionista alemana (aprendió francés por obligación y alemán por algo que podríamos llamar amor, y lo aprendió sin maestros, solo, como se aprenden las cosas importantes), pero posiblemente nunca leyó a Hans Henny Jahn. En las fotos de los años veinte podemos verlo con un gesto envarado y triste, un joven cuyo cuerpo casi sin aristas parece tender hacia la redondez, hacia la suavidad. Practicó la costumbre de la amistad y fue fiel, sus primeros amigos, en Suiza y en Mallorca, pervivieron en su memoria con el fervor de la adolescencia o de la memoria sin culpa de la adolescencia. Y tuvo suerte: frecuentó a Cansinos-Assens y descubrió, para siempre, una visión inédita de España. Pero volvió a su país y encontró la posibilidad de un destino. Un destino soñado por él mismo en un país soñado por él mismo. En las inmensidades americanas imaginó el valor y su sombra, la soledad inmaculada de los valientes, el día que se ajusta a la vida como un guante. Y volvió a tener suerte: conoció a Macedonio Fernández y a Ricardo Güiraldes y a Xul Solar, que valían más que la mayoría de los intelectuales españoles que había frecuentado, o eso pensaba él, y pocas veces se equivocó. Su hermana, sin embargo, se casó con un poeta español. Eran los años del Imperio argentino, cuando todo parecía al alcance de la mano y Buenos Aires podía autodenominarse la Chicago del hemisferio sur sin enrojecer acto seguido de vergüenza. Y la Chicago del hemisferio sur tuvo su Carl Sandburg (poeta, por cierto, que él admiró), y se llamó Roberto Arlt. El tiempo los ha juntado y los ha vuelto a separar para siempre. Pero entonces uno de los dos se sumergió en el vértigo y el otro en la búsqueda de la palabra. Del vértigo de Arlt nació la utopía en su estado más demencial: una historia de pistoleros tristes que prefiguraba, del mismo modo que Abaddón el exterminador, de Sábato, el horror que mucho tiempo después se cerniría sobre la república y sobre el continente. De la búsqueda de la palabra, por el contrario, surgió la paciencia y una modesta certidumbre en la felicidad de la literatura. Boedo y Florida fueron los nombres de ambos grupos, el primero designa un barrio popular, el segundo una calle céntrica, y hoy ambos nombres marchan juntos hacia el olvido. Arlt, Gombrowicz (aquella cena que nadie recuerda); pudo haber sido amigo de ellos y no lo fue. De ese diálogo inexistente hoy queda un gran hueco que también es parte de nuestra literatura. Por supuesto, Arlt murió joven, después de una vida agitada y llena de privaciones. Y fue básicamente un prosista. El no. El era poeta, y muy bueno, y escribía ensayos, y sólo bien entrado en la treintena se puso a escribir narraciones. Hay quien dice que lo hizo ante la imposibilidad de convertirse en el poeta más grande de la lengua española. Estaba Neruda, a quien nunca quiso, y la sombra de Vallejo, cuya lectura no frecuentó. Estaba Huidobro, que fue amigo y luego enemigo de su triste e inevitable cuñado español, y Oliverio Girondo, a quien siempre consideró superficial, y luego venía García Lorca, de quien dijo que era un andaluz profesional, y Juan Ramón, de quien se reía, y Cernuda, al que apenas prestó atención. En realidad, sólo estaba Neruda. Estaba Whitman, estaba Neruda y estaba la épica. Aquello que él creía amar, aquello que más amaba. Y entonces se puso a escribir una historia en donde la épica sólo es el reverso de la miseria, en donde la ironía y el humor y unos pocos y esforzados seres humanos a la deriva ocupan el lugar que antes ocupara la épica. El libro es deudor de los Retratos reales e imaginarios, que escribiera su amigo y maestro Alfonso Reyes, y a través del libro del mexicano, de las Vidas imaginarias, de Schwob, a quien ambos querían. Muchos años después, cuando él ya era el más grande y estaba ciego, visitó la biblioteca de Reyes, en México DF, oficialmente bautizada como "Capilla alfonsina" y no pudo evitar comentar la reacción que ante tal despropósito tendrían los argentinos si a la casa de Lugones se la llamara "Capilla leopoldina". Ese no poder evitar un comentario, su permanente disposición para el diálogo, siempre lo perdió ante los imbéciles. Dijo que su primera lectura del Quijote la hizo en inglés y que ya nunca más le pareció tan bueno como entonces. Se rasgaron las vestiduras los críticos españoles de capa y espada. Y olvidaron que las páginas más certeras sobre el Quijote no las escribió Unamuno, ni la caterva de casposos que siguieron a Unamuno, como el lamentable Ramiro de Maeztu, sino él. Después de su libro sobre piratas y otros forajidos, escribió dos libros de relatos que probablemente son los dos mejores libros de relatos escritos en español en el siglo XX. El primero aparece en 1941, el segundo en 1949. A partir de ese momento nuestra literatura cambia para siempre. Escribe entonces libros de poesía estrictamente memorables que pasan inadvertidos entre su propia gloria de cuentista fantástico y la ingente masa de musos y musas. Varios, sin embargo, son sus méritos: una escritura clara, una lectura de Whitman, acaso la única que aún se mantiene en pie, un diálogo y un monólogo ante la historia, una aproximación honesta al english verse. Y nos da clases de literatura que nadie escucha. Y lecciones de humor que todos creen comprender y que nadie entiende.En los últimos días de su vida pidió perdón y confesó que le gustaba viajar. Admiraba el valor y la inteligencia.


Roberto Bolaño. Entre paréntesis, pág. 289.

12/6/11

En vitrina:




Italo Calvino: La entrada en guerra*, Siruela.

Samuel Johnson: El patriota y otros ensayos, El buey mudo.

Jaime Jaramillo Escobar: Método fácil y rápido para ser poeta (dos tomos), Luna Libros

*Ver: http://clubdetraductoresliterariosdebaires.blogspot.com/2011/06/la-columna-que-se-reproduce.html.

24/5/11

El rincón del vago: Antonio Ungar



Fotografías tomadas por el autor


Trabajo en donde puedo. He vivido en cinco países distintos en los últimos quince años y en cada país he tenido que mudarme más de una vez (nueve veces cuando viví en Barcelona sólo cinco años). Por culpa de tanto trasteo nunca he tenido un estudio silencioso y solemne en el que escribir por fin las obras maestras que mis lectores me piden a los gritos.

Más que estudios silenciosos y solemnes ha habido esquinas cómodas de salas poco ruidosas, balconcitos soleados sin demasiado tráfico vehicular, mesas del comedor amplias pero cojas, camas dobles con esposas trabajadoras y muchos sofás mullidos para las mejores madrugadas.
Así he escrito todo lo que he escrito. Sin un cuarto fijo, sin un horario y sin un ritual para escribir. Escribo, pero a veces ni siquiera eso hago. Antes del último libro estuve dos años mudo. Ahora llevo casi un año sin mover un dedo. Desde hace unos meses tengo por fin un apartamento amplio, soleado, con un cómodo estudio de escritor en el que podría producir más de una obra maestra diaria sin pestañear siquiera.
Pero precisamente ahora (que lo tengo todo) mis manos se niegan a escribir. Las noches se van una detrás de otra, todas muy ordenadas, mientras yo leo novelas policíacas tirado en una colchoneta o veo televisión gringa que bajo ilegalmente en mi computador portátil. En pocas horas del día en que no estoy durmiendo o en la calle, trabajo, también, todo hay que decirlo.
Desde hace cuatro meses vivo en Jaffa, Israel-Palestina. Aquí, como en Colombia, lo que pasa en la calle es infinitamente más divertido que cualquier cosa que pueda aparecer en el computador de un escritor. Es por eso que mi primoroso estudio está casi todo el día vacío. Siempre que regreso recuerdo que debería estar escribiendo y simultáneamente constato que en mi ausencia el desorden se multiplica sólo.
En mi estudio queda también mi closet, así es que cuando me pongo la piyama (lo que ocasionalmente sucede en las noches) contribuyo con una muda entera al veloz cambio geológico de una montaña de ropa sucia que podría desaparecer si un día me decidiera a lavarla, lo que no ocurre con la frecuencia que debería.
Últimamente leo mucho y casi solamente libros policíacos, así es que junto a mi montaña de ropa sucia asciende desafiando la gravedad una segunda montaña de libros baratos y a medio empezar. Cuando me descuido, que es casi siempre, una tercera montaña dialoga con las dos anteriores: el Everest de la comida y los platos sucios. Almuerzo sólo, siempre, en mi estudio de escritor. Almuerzo viendo televisión, leyendo en mi colchoneta. Sin escribir.
Rezo cada día para que cuando la musa de la escritura regrese para bombardearme con obras maestras (de mi autoría, espero) el presupuesto me siga alcanzando para pagar este primoroso estudio. Sé que entonces, motivado por tanta creatividad, me decidiré por fin a decorarlo. Pondré bibliotecas y las llenaré de libros imprescindibles. Pegaré en las paredes fotos de escritores vivos y de escritores muertos. Recogeré la ropa sucia. Comeré en la cocina. Y no volveré a leer, lo prometo, para evitar que el caos me devore de nuevo.




Antonio Ungar (1974) es un escritor colombiano. Su primer libro, Trece circos comunes (Norma, 1999) -reeditado en 2010 por Alfaguara: Trece circos y otros cuentos comunes- es la reunión de imagenes que van desde una sala llena de soldados malheridos hasta los recuerdos de la selva del Guainía. Sus cuentos han aparecido en numerosas antologías como la que hizo no hace mucho la editorial Eterna Cadencia: El futuro no es nuestro Nueva narrativa latinoamericana. Es autor de las novelas Zanahorias voladoras (Alfaguara), Las orejas del lobo (Ediciones B) y Tres ataúdes blancos. Esta última, publicada por Anagrama, ganó el Premio Herralde 2010. Agradecemos su colaboración y la de su vecino en Jaffa: si no fuera por la cámara digital que llevaba puesta tal vez este texto no estaría listo.



Doctor Pasavento, Elegía, la serie Wallander de Mankell, algo de Herta Muller.

19/5/11

Dos de Apostrophes

Es un gusto ver las entrevistas del programa Apostrophes hechas por Bernard Pivot. En la Videoteca de humanidades están entre otras las dirigidas a Vladimir Nabokov y a la señora Marguerite Yourcenar. Nabokov, nunca dispuesto a improvisar palabra, aceptó la invitación para una transmisión en vivo en 1975. Puso una condición, la misma de siempre: que las preguntas que Pivot fuera a hacerle se le enviarán antes para él preparar sus respuestas por escrito. Pivot cuenta que, a pesar de dudarlo por un segundo, refutando a sus principios como periodista, dijo que sí. La entrevista hay que verla: un Nabokov-actor fingiendo descaradamente que responde con naturalidad a las preguntas del presentador -cuando todos alcanzaban a verle entre las manos esas tarjetas tan famosas en las que escribía-, es una imagen inolvidable. Pivot contó después algunas intimidades: antes de la entrevista Nabokov lo llamó y le reclamó que no podía leer durante más de una hora sin tomar un poco whisky para levantar el ánimo, las fuerzas. Pero no quisiera seguir el ejemplo francés, le dijo, y dejar la impresión de ser un escritor de esos que ceden al poder del alcohol. No hay problema, le respondió Pivot, serviremos el whisky en una tetera y yo durante el programa respetuosamente le preguntaré, ¿un poco más de té, señor Nabokov?


Nabokov, el 30 de mayo de 1975 en Apostrophes


Desde 1939 Marguerite Yourcenar vivió con quien sería su compañera durante cuarenta años, la señora Grace Frick, su traductora al inglés además. Cuando Pivot fue a entrevistar en 1979 a Yourcenar en su casa en el estado de Maine, Frick estaba muy enferma, y Pivot, que estudiaba bien a sus entrevistados y si era el caso leía o releía los libros del invitado –algo que se nota admirablemente en su trabajo- al final de la visita le comentó cuánto le llamaba la atención el hecho de que ninguno de sus libros hubiera aparecido en los Estados Unidos en la última década. La razón es muy simple, le contestó Yourcenar, como usted ha visto Grace ha estado muy enferma y no ha podido traducir más mis libros. Por eso no quiero apenarla, no quiero que mientras viva vea que un libro firmado por mí aparece con una traducción que no es la suya.