
19/10/09
En Vitrina:

18/10/09
Sobre la pretensión
-Usted se acordará -me dijo el alienista- de aquel famoso maniático ateniense que suponía que todos los navíos entrados en el Pireo eran de su propiedad. No pasaba de ser un pobretón que quizá no tuviera ni el tonel de Diógenes para dormir; pero la imaginaria posesión de los navíos valía por todos los dramas de la Hélada. Pues bien, hay en todos nosotros un maníaco de Atenas; y quien jure que no poseyó alguna vez, mentalmente, dos o tres barquichuelos, por lo menos, puede creer que jura en falso.
-¿También usted? -le pregunté.
-También yo.
-¿También yo?
-También usted; y su criado, asimismo, si es su criado ése hombre que está sacudiendo los alfombrines en la ventana.
En efecto, uno de mis criados sacudía los alfombrines, mientras nosotros hablábamos en el jardín, al lado. El alienista hizo notar, entonces, que el criado abrió de par en par todas las ventanas, desde hacía largo tiempo, y que alzó las cortinas exponiendo lo más posible la sala, ricamente adornada, para que la viesen de afuera, y concluyó:
-Ese criado suyo tiene la manía del ateniense: cree que los navíos son de él; una hora de ilusión que le da la mayor felicidad de la tierra.
En sustancia, ¿por qué deseamos ser grandes, ser genios creadores? ¿Para la posteridad? No. ¿Para circular entre la multitud, y que ésta nos señale con el dedo? No. Para sostenernos en la fatiga cotidiana, en la certeza de que vale la pena cuanto hacemos, de que es algo único. Por el presente, no por la eternidad.
17/10/09
Una Carta.
Está tarde, haciendo mi frecuente procesión por las librerías de viejo del Centro, tuve la fortuna de adquirir el libro citado por el Doctor Calle (José F) en su comentario a la entrada anterior (Bertrand Russell Responde, Granica 1977). Tan pronto lo abrí, me dirigí a la página 40, donde se encuentra, además de la transcripción de la carta enviada por el pequeño Paul Altmann a Russell, una reproducción facsimilar de la misiva.
La vacilante caligrafía del pequeño Altmann es conmovedora. Acaso Russell nunca recibió una carta tan genuinamente sentida y cariñosa; una carta todavía inocente de la torpe palabrería que a los mayores apenas nos permite expresar tan poco, casi nada.
Comparto con ustedes esta curiosa carta.
"Muchas gracias por todo lo que ha hecho.
"Usted me agrada.
"Si viene a Oxford
venga a tomar el té conmigo.
"Con cariño,
"Paul Altmann
"Tengo seis años"
"Gracias por tu amabilísima carta que me ha complacido especialmente porque me alienta a continuar trabajando.
"Me gustaría tomar el té contigo pero no tengo programado ningún viaje a Oxford. Si fuera allí te lo comunicaría.
"Con el cariño y los mejores deseos de
"Bertrand Russell"
13/10/09
Comentario a sus Portraits from Memory and Other Essays.
Quisiera referirme a unos cuantos hechos sobre la vida de Bertrand Russell extraídos de su memoria, de su autobiografía. Éstos, sin duda, no están exentos de revisión, pero prefiero confiar en la memoria de un hombre – de éste gran hombre– que en los incomprensivos juicios que el público (de antaño u hogaño) suele emitir.
Comencemos diciendo algunas palabras sobre la vida de Bertrand Russell. Russell provenía de una tradicional familia inglesa, cuya influencia en el campo político había sido trascendental. Sus mayores habían pertenecido cuando no al orden parlamentario, sí al militar. Durante los tres últimos siglos, los Russell lucharon para la mayor gloria del Imperio, empuñando la espada o blandiendo el cetro. Su abuelo paterno, Lord John Russell, había servido a su majestad Victoria como Primer Ministro del Reino Unido, en dos ocasiones. La casa de Richmond Park, donde Bertrand R. pasaría su infancia al cuidado de sus abuelos – sus padres murieron jóvenes –, había sido un regalo de la Reina Victoria.
La influencia de su abuelo fue en muchos sentidos benéfica. Lord Russell fue bastante liberal para su época; gracias a su labor la democracia inglesa tomó el camino correcto; las inhabilidades impuestas a los judíos, cristianos y otras minorías fueron abolidas; y después de su mandato, nunca quedó tan claro para el pueblo inglés –y para la monarquía– que el rey (o la reina) sólo es un servidor público más. Russell heredó de su abuelo un gusto especial por la política y por un modo de pensamiento liberal.
Sin embargo, la Inglaterra victoriana, era la Inglaterra victoriana, y la familia Russell no veía con buenos ojos las inclinaciones filosóficas de Bertrand. Ante cualquier pregunta filosófica la abuela paterna solía responder sin falla:
La rígida moral puritana alentaba sólo a la virtud y a nada más que a la virtud; la virtud a costa, incluso, de la curiosidad intelectual. No fue fácil para Russell rebelarse del celo “paterno” y elegir una carrera un tanto alejada de los prospectos familiares.
Todavía más complicado fue adaptarse a un mundo diametralmente opuesto, en cuanto a principios y valores, a la Inglaterra de Victoria. Russell nos cuenta con nostalgia que durante su juventud había una “esperanza esencial” en el corazón de los hombres de su generación. La paz entre naciones, la desaparición del hambre, la hermandad entre los hombres parecían sueños a punto de realizarse. Todos se llevaron tremenda sorpresa cuando la historia se encargo de desmentirlos un lamentable día de 1914.
La primera pregunta, según Russell nos cuenta, le tomó un tercio de su vida (es decir 34 de los 98 años que Russell vivió). En éste campo resaltaron sus arduas colaboraciones con Whitehead (con quien escribió los Principia Mathematica), con G. E. Moore, y por supuesto, con el excepcional Ludwig Wittgenstein, (de quien nunca estuvo muy seguro si era un genio o un loco excéntrico). La segunda pregunta lo llevó a abrazar primero a Hegel, después a Platón; al primero lo abandonó tras percatarse que su filosofía no era más que “una versión enmendada y sofisticada de las mismas creencias religiosas”; con el segundo siempre compartió cierta nostalgia esencial, pues tanto Russell como Platón, terminaron por ser dos idealistas que sabían que este mundo es la sombra de otras sombras. La tercera pregunta suscitó bastante controversia; la gente lo llamó Comunista, Pacifista, Liberal, pero como el mismo nos dice: “Siempre el pensamiento escéptico ha susurrado dudas a mi oído, me ha separado del entusiasmo fácil de los otros, y me ha llevado hacía una soledad desoladora.” Nunca pudo sentirse completamente a gusto con sus “compañeros de lucha”, pues humildemente considero que en su larga búsqueda nunca encontró respuesta.
Pero aún cuando Russell no logró cuanto quería lograr, nos dejó importantes enseñanzas sobre la labor intelectual; nos enseño, mucho antes que Wittgenstein, que todo aquello que puede ser pensado, puede ser expresado claramente. El lenguaje que utilizó en sus obras, incluso en las cuales abordaba los problemas filosóficos más abstrusos, fue el lenguaje común; los conceptos que esbozó fueron claros y precisos, como preciso fue su lenguaje; Russell prescindió de toda la verborrea y jerga pseudo-filosófica que lamentablemente predomina en nuestros días.
Entre las muchas enseñanzas que Russell nos legó, quisiera, para terminar, señalar una en particular. Russell fue uno de los últimos victorianos eminentes de la Inglaterra de su tiempo; y dentro de las muchas virtudes que lo convertían en tal, está esa "esperanza esencial" acerca del futuro. Russell repitió muchas veces que aunque tengamos un número mayor de razones para pensar que todo va a empeorar, por ningún motivo podemos dejar de vislumbrar una posibilidad, contra todo hecho, de que las cosas pueden cambiar; de que en los hombres se encuentra el poder para convertir el mundo en un lugar mucho mejor.
“Esperanza” es algo con plumas -
que se posa en el alma -
y canta una melodía sin palabras -
y nunca se detiene -totalmente-
más dulce -en el vendaval- se oye-
y herida tiene que estar la tormenta
que pudo abatir al pajarito
que reservó tanto calor -
la oí en la tierra más helada -
y nunca, ni en casos extremos,
(Traducción de Silvina Ocampo.)
5/10/09
Más sobre la traducción
3/10/09
En Vitrina:

Relatos autobiográficos. Thomas Bernhard. Anagrama.
Poesías completas de Alberto Caeiro. Fernando Pessoa. Pre-textos.
El libro y sus poderes. Roger Chartier. Editorial Universidad de Antioquia.
26/9/09
Historia de otro olvido


Última anotación del Diario de Márai: "Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora."
“-¿Qué queda en nuestros corazones? –pregunta el invitado.
- La otra pregunta –responde el general, sin soltar el picaporte-. Y la otra pregunta se reduce a saber qué ganamos nosotros con toda nuestra inteligencia, con toda nuestra vanidad y con toda nuestra superioridad. […] Pero en el fondo, quizás el último significado de nuestra vida haya sido esto: el lazo que nos mantuvo unidos a alguien, el lazo o la pasión, llámalo como quieras. ¿Es ésta la pregunta? Sí, ésta es. Quizás que me dijeras –continúa, tan bajo como si temiera que alguien estuviera a sus espaldas, escuchando sus palabras- qué piensas de eso. ¿Crees tú también que el sentido de la vida no es otro que la pasión, que un día colma nuestro corazón, nuestra alma y nuestro cuerpo, y que después arde para siempre, hasta la muerte, pase lo que pase? ¿Y que si hemos vivido esa pasión, quizás no hayamos vivido en vano? ¿Qué así de profunda, así de malvada, así de grandiosa, así de inhumana es una pasión? […] Respóndeme, si sabes responder –dice elevando la voz, casi exigiendo.
-¿Por qué me lo preguntas? –dice el otro con calma-. Sabes que es así.”
Márai, 1940
“Quizás lo estoy contando con demasiados detalles –dice para disculparse-. Pero no se puede hacer de otra manera: sólo a través de los detalles podemos comprender lo esencial, así lo he experimentado yo, en los libros y en la vida. Es precioso conocer todos los detalles, porque nunca sabemos cuál puede ser importante, ni cuándo una palabra puede esclarecer un hecho.”

17/9/09
En Vitrina:

Todo está hecho con espejos: Guillermo Cabrera Infante. Alfaguara.
Puro Humo: Guillermo Cabrera Infante. Alfaguara.
14/9/09
Una canción que nadie escuchó
El subtítulo, que ya se plantea aprovechado para un libro que se publica en marzo de 1999: 21 hombres al fondo de un milenio.
Angel Beccassino (en el lomo del libro aparece su nombre, también sin tilde) es el autor. Un periodista, fotógrafo y publicista bastante mediocre, que no merecería que ni estos hombres ni nadie le dieran una entrevista. ¿Por qué? más adelante se puede observar de qué va el asunto.
Al abrirlo el lector se encuentra con que es un libro de lo que Beccassino llama conversaciones. Algunos de los nombres: Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Alejandro Obregón, Daniel Santos, Ernesto Sabato, Quino, José Luis Cuevas, Otto de Greiff.
El libro está escrito parejo: mal editado (o sin edición), con errores ortográficos, y con los personajes hablando tal cual. Es como si los hubiera grabado y después transcrito sin tener en cuenta que el entrevistado, sin importar quién sea, se equivoca al hablar y necesita, siempre, algo de piedad de quien pregunta y lleva al papel.
Tal vez lo más imperdonable sea el trato. Es casi insoportable leer preguntas como estas: "Usted, Borges, ha trabajado permanentemente sobre la idea del círculo, de ese laberinto que es el círculo..." Es casi irrespetuoso, ese usted, ese Borges a secas, esa afirmación en vez de pregunta, esos puntos suspensivos al final, como si Borges con su respuesta lo interrumpiera en medio de una importante disquisición.
El libro cumple 10 años de publicado y no ha vuelto a ser editado (al menos eso dice google libros).
Sin embargo, hay algo sobre él que no está mal del todo. Detalles que permiten reflexionar, respuestas con sabor tan real que uno siente escuchar, de verdad, al personaje.
Hay algo que incita al orgullo: ese saber que esas palabras, de esos hombres, sólo están en ese volumen, que hay pocos, que son como un secreto que se guarda en la biblioteca, de hombres cuyas vidas son todas más que públicas.
Algunas citas (sin cambiar nada del original):
Con Borges:
A.B.: ¿Qué importancia tuvo el dinero en su vida?
J.L.B.: Y todos los días pasaba por la esquina de San Juan y Boedo, y cada semana compraba un décimo de lotería, y al cabo de nueve años me obligaron a renunciar, cuando subio Perón, porque me nombraron inspector de aves de corral y huevos. Para que yo renunciara, claro, porque ¿qué se yo de aves de corral o de huevos, bueno, y esa misma semana, que no lo compré, salió con la grande el número.
A.B.:¿Usted ha leído mucho?
No, no, yo he ojeado libros. No creo haber leído ningún libro del principio hasta el fin, o muy pocos, Schopenhauer, alguna novela de Conrad, Chesterton, pero en general no. Si yo recuperara la vista, yo me quedaría en esta casa, hojeando enciclopedias, la mejor lectura que puede tener un hombre ocioso y curioso como yo... No, yo no he leído mucho.
Con Rulfo:
A.B.: Como que se la va ablandando a la muerte.
J.R.: En el fondo, en el fondo se tiene miedo de la muerte, pero se convive con la muerte.
A.B.: ¿Y la vida?
J.R.: La vida es maravillosa. Lo que pasa es que nosotros la hacemos pedazos. Nosotros destruimos la vida... ese es el cáncer humano, yo creo ya. Fíjese, por ejemplo, que durante mucho tiempo el hombre tuvo un matrimonio feliz con la naturaleza. Pero hubo un momento en que, sin saberlo bien, algo entró en conflicto con ese gusto que antes tenía el hombre por la naturaleza. Por ejemplo, la montaña. La montaña es impresionante, el subir a una montaña y el sentirse allá solo, en aquellas alturas, donde solamente está usted y la naturaleza. Como otros dirían, están usted y Dios solamente... Pero es el hombre el que destruye la vida. Cada uno tiene su destino... En realidad, el destino lo va fraguando uno mismo. Fíjese que hay cosas que uno sabe que le hacen daño y las sigue haciendo, y ni siquiera lo hace porque le gusta.
Con Obregón:
A.B.: Pero hablemos de vos.
A.O.: ¿De mi? Soy muy torpe.
A.B.: ¿Sos muy torpe?
A.O.: Soy muy torpe. Para hablar de mi, en todo caso. Tal vez... es que me educaron en Inglaterra desde los nueve años, hasta los catorce, y es una ética totalmente distinta al trópico. Es una ética con rigor, donde te enseñan a no hablar de tí mismo. A no decir ni mio, ni yo hice... aquí nosotros empezamos una frase "a mi me pasó esto", o "yo pienso esto". En Inglaterra le dan la curva a eso... tengo ese reflejo muy fuerte. Una ética a esa edad marca fuertísimo.
A.B.: Pero vos también tenés otra cosa, que es algo como muy exhibicionista
A.O.: Si, pero en la pintura.
A.B.: Y en vos también.
A.O.: Cuando estoy muy borracho. Cuando estoy muy borracho me vuelvo otra cosa... Soy géminis, así que no me cuesta mucho trabajo. (risa) Salgo de uno, paso al otro...
Con Sábato:
A.B.: ¿Y sus viejos contactos con el surrealismo?
E.S.: Eso fue en París... porque era el mundo opuesto al de la ciencia y la razón. Entonces me hice amigo de Oscar Domínguez y conocí a Bretón, Tristan Tzara y a otros. Yo estaba trabajando, en secreto, en una novela que se iba a titular "La Fuente Muda", por un verso de Antonio Machado. Pero nunca la publiqué, excepto un fragmento que salió en la revista Sur, por el año 1960, o algo así.
A.B.: ¿Por qué no la publicó?
E.S.: Siempre fuí autodestructivo, y las tres novelas que publiqué, son las únicas que se salvaron de la quemazón.
A.B.: ¿Por qué quemarlas?
E.S.: No lo sé. Siempre me fascinó el fuego. Tiene algo de purificador.
10/9/09
En Vitrina: (Tres encuentros)
